jueves, 21 de mayo de 2020

Nueva normalidad, nuevos valores y nueva escuela

Estamos a la puerta de despedidas que algunos no esperábamos vivir. Decir adiós a la poca libertad que nos quedaba. Adiós a la pequeña esperanza de confiar en el Otro y reconocernos en su mirada.

Lo peor es que la despedida no es producto de un violento robo en despoblado: nos han convencido con relativa facilidad y lo hemos entregado todo dócilmente. Creímos que sería un resguardo temporal de estas sagradas conquistas. Peor aún: pensamos que lo hacíamos como un acto de responsabilidad y solidaridad: por el bien de los demás. Y ahora no hay marcha atrás. Nos han enseñado a ver con otros ojos aquella libertad, aquella esperanza. Y nos han persuadido de que es mejor dejarlas en prenda, una vez más, por nuestra seguridad. Por nuestra salud.

No estaremos encerrados para siempre, eso es cierto. (Escribo en México, donde teóricamente sigue vigente una Jornada Nacional de Sana Distancia que nos pide quedarnos en casa, aunque millones por necesidad, capricho o ignorancia siguen viviendo igual que antes en el espacio público.) Decía que no estaremos encerrados para siempre. Pero el día que salgamos a recuperar las calles ―como lo hacen ya algunos que llegaron antes que nosotros a la pandemia― lo haremos protegidos por murallas invisibles cuyo grosor será mucho más poderoso que el de las paredes de casa.

No sé si los cubrebocas o las caretas transparentes durarán mucho o poco, pero el distanciamiento social llegó para quedarse. Hoy el término tiene, todavía, una cierta carga negativa. Pero no será por mucho tiempo. El distanciamiento social se revela ya como la virtud vertebral del nuevo aparato que habrá de regir nuestras vidas.

Cada sistema social, político y económico a lo largo de la historia ha necesitado apoyarse en determinados valores para garantizar su funcionamiento. Estos valores se instalan sutilmente, sin grandes cuestionamientos, sin una reflexión crítica de gran alcance. Nunca se habla formalmente de ellos: se dan por hecho. ¿Habrá resistencias? Seguro. Las ha habido, las hay y las habrá. Siempre. En función de la fuerza que tenga el nuevo sistema, esas resistencias ayudarán a equilibrar algunas cosas, pero servirán también para que los defensores del régimen refuercen en sus discursos las estrategias que ocultan las letras pequeñas del nuevo contrato social.

¿Qué papel jugará la escuela en este nuevo orden? El mismo de siempre. Con nuevas reglas, por supuesto. Y no me refiero al debate entre presencialidad y virtualidad que roba las primeras planas y acapara las conversaciones cada vez que se menciona la palabra educación en estos días. Las nuevas reglas tendrán como soporte los mismos principios ideológicos sobre los cuales se ha montado desde siempre la función dominante de la escuela: convencernos de lo que nos toca, ayudarnos a comprender “la realidad” y aceptarla, iluminarnos para encontrar nuestro lugar en el mundo, bajo las nuevas reglas del juego.

Como sucede incluso en la más terrible de las dictaduras, habrá pequeños territorios de resistencia. Marginales, por supuesto. Paradójicamente, muchas personas e instituciones educativas que en los años recientes venían avanzando en la conquista del terreno con un mensaje ―y con experiencias claras― de que otra educación era posible, se entregarán fácilmente al nuevo orden. Porque el sistema de control que emerge usa el mismo idioma de los que sembraban la revuelta: conoce los valores y creencias que movían a estos revolucionarios de la educación y hace tiempo que empezaba a hablarles en su lengua. “Es su momento”, les dirá. Y a muchos los insertará con docilidad en la lógica de su algoritmo.

Otros resistiremos. No sé por cuánto tiempo. No sé con qué alcances. Como en cualquier guerra ―aunque no sé si lo que hoy vivimos pueda describirse como una guerra― la resistencia tendrá que esconderse. Buscar mantener viva la llama de sus convicciones sin exponerse al exterminio de las últimas brasas.

*

¿Resistir? ¿Frente a qué? Resistir el embate de la escuela que viene. La nueva escuela que nos están ya instalando y que, después de arraigado el miedo y respaldados por los científicos de la salud, madres y padres exigirán para sus hijas e hijos. Serán las familias quienes reclamen a las escuelas más de lo que pedirán los propios gobiernos. Acaso unos cuantos comprenderán el alcance que a largo plazo tendrán esas medidas sanitarias que con bombo y platillo presumiremos, sin detenernos a pensar en los nuevos marcos mentales que estaremos instalando con ellas.

Hace unos días escribía Martín Caparrós que la emergencia le había llevado a experimentar y comprender inesperadamente “la actitud entre melancólica y reactiva —reaccionaria— del conservador: sabe que algo se le escapa y se pregunta cómo podría conseguir que algo de ese algo no se fuera del todo o volviera de algún modo”.

Aunque nunca me he considerado conservador, esa actitud paradójica no me es extraña, pues siempre me  ha acechado una incómoda pero vital condición que me hermana con la trágica Casandra griega. Condición que en mis delirios apocalípticos hoy me arrastra a mirar el mundo que vendrá.

La idea misma de "escuela" ya estaba en crisis. Es verdad, sus días estaban contados. La pandemia acabó con ella, aunque seguramente seguirá pataleando y buscando defenderse en su último aliento. Es cierto también que muchos deseábamos que desapareciera. Pero no todos teníamos en mente el mismo anhelo para la escuela que habría de sustituirla.

Poco tenemos para celebrar hoy quienes pugnamos por una educación crítica, humanista, liberadora. Ya era difícil antes convencer sobre la necesidad de derrotar la lógica simplificadora de una escuela orientada por la reproducción y la homogeneidad. Pero había pequeños triunfos. La constancia y el valor de muchos había conseguido derrotar las filas de bancas y las tarimas; poco a poco se apostaba en muchas trincheras por la interacción, el aprendizaje activo, la centralidad del estudiante, el diálogo y el cuestionamiento.

Pero esas conquistas eran pequeñas batallas. Con vestidos semejantes, apropiándose del lenguaje de algunas pedagogías críticas, acechaban las grandes corporaciones de administración de contenidos y los emporios tecnológicos con algoritmos para resolver la vida de profesores, estudiantes y familias. Se imponía poco a poco una vacía pedagogía del entretenimiento disfrazada de habilidades para el siglo XXI.

Hace unas semanas, lleno de esperanza, compartí en distintos espacios un primer vistazo a los escenarios posibles para la educación después de la emergencia. Simplificando un poco las cosas, apuntaba tres posibilidades. En la primera, la vieja y agonizante escuela se repone apoyada en sus inercias y en el miedo, en la necesidad de la gente por refugiarse en lo conocido. En el segundo escenario, ponemos ciegamente la educación en manos de la tecnología digital. La tercera vía, pensaba, estaría en la posibilidad de reimaginar y rediseñar la idea de escuela desde su raíz.

Hoy no soy optimista. Me parece que la pandemia ha terminado de sacudir las piezas en el tablero de juego y algunas han tenido ya la fortuna de salir ganando, mientras otras han rodado al suelo y tendrán difícil levantarse.

Hoy me aterra pensar que veo con claridad el mundo que viene. Y no hablo de los primeros meses, el regreso a clases y la logística sanitaria previa al hallazgo de vacunas o tratamientos para un virus. Me refiero a lo que viene después. Lo que viene para instalarse a largo plazo.

Los nuevos valores dominantes pisotearán a algunos de los que nos inspiraron por muchos años. Solidaridad, generosidad, colaboración, confianza… son palabras que pronto tendrán otro significado en el diccionario moral que servirá de referente en las escuelas. En la raíz de sus nuevas definiciones estará, por supuesto, el miedo. Pronto el miedo se convierte en desconfianza, en sospecha permanente frente al Otro. Y la sospecha en repugnancia.

En la escuela aprenderemos los nuevos mandamientos por el bien de nuestra salud. No tocarás. No compartirás. No mirarás frente a frente sin una careta o dos metros de distancia. No pondrás en duda lo que dice la ciencia por el bien de la salud. Por favor, que mi hijo no se acerque a nadie. No se le vaya a ocurrir prestar la regla o tus colores… ¡mucho menos compartir algo del almuerzo!

La ingenua idea de solidaridad que inundó a muchos en las primeras semanas del encierro, se apagará pronto, igual que se apagaron los cantos en los balcones de muchas ciudades europeas. Salimos a comprar unos días al vecino o al productor local con esa idea de ayudarnos durante la crisis. Pero eso se acaba. A algunos nos vencen los caprichos, a otros nos gana la sospecha. ¿Será seguro? ¿No se estará aprovechando de mí? ¿Dónde estará la trampa?

Con la bandera de la solidaridad nos dijeron cuídate tú y así cuidas a los tuyos. Nos cuidamos todos a todos. Creímos que lo hacíamos por los demás, pero en el fondo sabían y sabíamos que lo hacíamos por nosotros. Pronto resucitó Caín en nuestro interior: ¿Soy acaso el guardián de mi hermano? Aceptamos cuidarnos renunciando a vernos. Renunciando a la mirada, al rostro, renunciamos a la responsabilidad auténtica por el Otro. Una responsabilidad, cierto, bastante olvidada y por tanto fácil de abandonar de una buena vez.

La nueva colaboración será por definición ajena a la mirada. Colaboración en línea, nunca frente a frente. Colaboración mediada por la distancia, en la que se diluye fácilmente la responsabilidad moral. La misma lógica de cooperación que hizo posible el exterminio nazi ―analizada brillantemente por Zygmunt Bauman en Modernidad y Holocausto― pero apoyada en el simulacro de cercanía que se produce en las pantallas. Colaborar con mi parte no exige la visión global del sistema. Bastará cumplir con lo que alcanza la mirada en el marco de mi dispositivo. No habrá necesidad de cuestionamiento crítico porque, ¿quién cuestiona la aspiración del gran proyecto de la madre ciencia, la importancia de nuestra seguridad y el cuidado de nuestra salud?

Parafraseando el salmo, Levinas recordaba que la persona libre está consagrada al prójimo: “nadie puede salvarse sin los otros. [...] Nadie puede quedarse en sí mismo: la humanidad del hombre, la subjetividad, es una responsabilidad por los otros, una vulnerabilidad extrema”. Con la distancia se difuminan nuestros rostros. Al romper con el encuentro cara a cara, al distanciarnos de esa mirada que nos interpela desde el rostro del Otro, se resquebraja la responsabilidad ética propia de la relación intersubjetiva.

Las barreras físicas serán temporales, no lo dudo. Desaparecerán un día las caretas, las marcas en el piso, las placas de plástico y cristal. Pero el día en que podamos librarnos de ellas, como el elefante de circo, permaneceremos atados por una fuerza invisible, porque el Otro, desdibujado, sin un rostro en el cual reconocernos, nos provocará asco.

*

Escribo anhelando equivocarme. Lo pongo sobre la mesa seguro de no ser el único que lo anticipa. Lo escribo, como apuntaba Vilém Flusser, proyectando escenarios consciente de que estos no describen catástrofes ―que por definición son imprevisibles― sino “algo previsible que ―al menos en teoría― puede impedirse”.

Lanzo estas palabras porque, a pesar de las sombras, creo firmemente y hoy más que nunca, que otra escuela es posible.

*
Referencias
  • Bauman, Zygmunt. (1974). Modernidad y Holocausto. Madrid: Sequitur.
  • Caparrós, Martín. (2020). La nueva normalidad. New York Times, Mayo 7, 2020.
  • Flusser, Vilém. (2011). Hacia el universo de las imágenes técnicas. México: UNAM / ENAP.
  • Levinas, Emmanuel. (1974). Totalidad e Infinito. Salamanca: Sígueme.

sábado, 18 de agosto de 2018

En sus marcas, listos... ¡disfrutemos nuestro curso!

Comparto el texto de un correo que he enviado esta tarde a mis compañeros del colegio. Lo extiendo a todos mis amigos docentes y a todo aquel que hoy se prepara para iniciar un nuevo curso.


Les escribo con profunda alegría en el marco de este inicio de ciclo, emocionado testigo del compromiso que caracteriza a esta gran familia de colaboradores. Les agradezco a todos el gran esfuerzo realizado en estas primeras semanas para lograr todos el inicio de un gran ciclo escolar para todos nosotros y para nuestros estudiantes.

Hace unos días leía un breve artículo sobre uno de los graves problemas que aquejan a nuestro sector: el estrés y agotamiento docente. Sin duda el fenómeno es preocupante, pues existen grandes demandas sociales sobre los educadores y a la vez muchas presiones laborales y personales. En estas semanas hemos abordado de diversas formas la importancia de trabajar con nuestros chicos en la dimensión socioemocional. Lograr el equilibrio personal no es tarea fácil en un mundo vertiginoso y lleno de presiones. Si bien no tengo la solución a un tema tan complejo, me permito poner en la mesa algunos aspectos que podemos tomar en cuenta para disfrutar nuestro trabajo cada día más, desarrollarnos de forma personal y ayudar al mismo tiempo a nuestros chicos para que sean más felices.

Primero, destaco que ninguno de nosotros está solo. Somos un gran equipo. Con toda nuestra diversidad, formamos un sistema con grandes riquezas. Una de las mejores maneras de aprovechar esa riqueza, es buscando y construyendo entre nosotros conversaciones positivas. Siempre enfrentaremos momentos difíciles; ante ellos, mi invitación es a que nos ayudemos a poner esas dificultades en perspectiva, encontrar el papel que estamos jugando de manera personal en cada posible conflicto, evitar juzgar o actuar con prejuicios sobre las intenciones de los otros (estudiantes, compañeros, familiares) y busquemos juntos la forma de superar las dificultades con buen ánimo, sabiendo que no estamos solos.

La mejor forma de crecer es creciendo juntos. Aquí no hay ninguna competencia. Así como en nuestro COlegio no tenemos cuadros de honor con los estudiantes, tampoco tenemos cuadro de "empleados del mes". Estamos seguros de que todos podemos ser mejores cada día y alcanzar de la mano un mayor desarrollo personal y profesional. Hagamos de nuestras conversaciones una oportunidad de ayudar a crecer al otro, especialmente cuando tengamos desacuerdos o diferencias. Busquemos comunicarnos de forma oportuna, cuidadosa, abierta. 

Siempre existirán cosas que no nos gusten del todo. Quizá haya algunos estudiantes difíciles, familias excesivamente demandantes y sobreprotectoras, compañeros que no tengan la misma capacidad de intervenir que nosotros... Siempre habrá procedimientos que nos parezcan excesivos, peticiones o indicaciones con las que no estemos plenamente de acuerdo... Ante todo ello, evitemos juzgar con frialdad y busquemos un poco de empatía. Recordemos que todos hablamos y actuamos a partir de nuestras biografías, nuestras experiencias. No queramos adivinar intenciones ocultas ni descalifiquemos a los otros aún cuando nos parezca que algo debería ser obvio para todos. Seamos humildes y recordemos que de vez en cuando puede venir bien el ritual japonés del té para propiciar el encuentro y la conversación.

Cuando las cosas nos parezcan especialmente difíciles, busquemos el apoyo y la orientación de algún compañero. Especialmente les invito a todos a dialogar abiertamente con sus jefes. Si hablamos dando testimonio de nuestra responsabilidad y compromiso, siempre podremos encontrar soluciones a las diferencias. A quienes ocupan una responsabilidad de dirección o coordinación, les pido escucha y apertura con sus equipos. En todas las relaciones que establezcamos, cuidémonos entre nosotros. 

Las responsabilidades de todos son muy grandes. Tenemos en nuestras manos a más de un millar de niños y adolescentes cuyas familias depositan en nosotros su confianza cada día. Esas responsabilidades obligan a que todos trabajemos con rigor y exigencia, pero también con cordialidad. Cumplamos cabalmente con lo que nos toca; pidamos ayuda cuando sea necesario y estemos dispuestos a ayudar a quien lo necesite.

Quizá este largo texto resulte un poco redundante para algunos. Si han llegado hasta aquí, agradezco su paciente lectura y concluyo con una sencilla invitación: disfruten plenamente este nuevo curso; disfruten intensamente cada jornada, cada clase, cada actividad, cada tarea que realicen desde sus diferentes responsabilidades. Hagamos nuestro trabajo contagiando alegría, pues a pesar de los muchos problemas que nos aquejan, hay mucho por lo que podemos estar agradecidos y muchas cosas buenas que nos quedan por alcanzar juntos.

Les dejo como remate el enlace a un video que ha circulado en redes últimamente y que hace poco me compartió uno de nuestros compañeros. Es una charla en la que Alex Rovira nos recuerda que nuestra mirada, nuestra manera de estar en el mundo, puede transformar a las personas

Les abrazo deseando que tengan un excelente ciclo 2018-2019.

domingo, 29 de abril de 2018

Primero los mexicanos no es lo mismo que Mexicanos Primero

Hace por lo menos seis años que Mexicanos Primero, organización fundada por Claudio X. González, marca la agenda en materia educativa en este país. En aquellos días, el documental De Panzazo (2012) colocó en el centro de debate controvertidas aristas de nuestro enmarañado sistema educativo, preparando el terreno para el golpe mediático que significó la detención de Elba Esther Gordillo al año siguiente y para la puesta en marcha de la tan manoseada “reforma educativa” de este sexenio. Hoy, Mexicanos Primero sigue operando en favor de su propia agenda, presentándose como la voz de los niños, de los maestros serios, de los que se preocupan realmente por la educación. Ante ese afán de presentarse como “representantes de la sociedad civil” (perdón, ¿quién los eligió para representarnos?), cuestionar a Mexicanos Primero se interpreta como un auténtico ataque a la educación. Por eso tantos celebran el desafortunado spot que lanzaron en estos días representando, según las palabras de la propia organización, “los sueños de los niños, no de los políticos”. Pero, claro, no nos presentan a niños compartiendo sus sueños, nos muestran a cinco niños interpretando una parodia de los aspirantes presidenciales, con un guion escrito por estrategias políticos. Cuando solo uno de los cinco candidatos ha manifestado abiertamente su rechazo a la Reforma Educativa, es evidente que el spot tiene una finalidad. ¿O de verdad somos tan ciegos? Claro que no. Por eso quienes se oponen al Peje lo celebran y sus seguidores lo repudian. Algunos, que no nos consideramos ni lo uno ni lo otro, intentamos leerlo de manera más crítica. ¿De verdad se vale intervenir así en la campaña? Quizás. Pero si Mexicanos Primero quiere ser parte de la campaña, debería hacerlo abiertamente, no manipulando con mensajes cursis que poco abonan a la incipiente deliberación democrática de nuestro país. Muchos temas podríamos debatir sobre el spot: la utilización burda de niños en campañas políticas, la desinformación existente en torno a la “reforma” educativa, los estereotipos que reproduce, la banalidad que promueve y que enrarece nuestro proceso electoral... Pero hay un tema del que se habla poco y que no debería dejarse de lado: el interés que mueve a Mexicanos Primero. Lo apunté (quizá no con suficiente claridad) cuando reseñé la película De Panzazo hace seis años: en estos temas es fundamental seguir la pista del dinero. Para mí, cada vez es más claro que en la agenda de Mexicanos Primero está impulsar un modelo de escuela concertada para México, un modelo que permitiría al Estado poner la operación de centros originalmente públicos en manos de particulares. El modelo exacto que Claudio X. González busca todavía no lo tengo del todo claro, pero su gente cabildea esto desde hace tiempo en algunos sectores y en tiempos recientes con más fuerza. Por lo pronto, el informe más reciente de Mexicanos Primero -publicado a inicios de 2018 y titulado La Escuela que queremos (sí, me queda claro que es la escuela que literalmente quieren para ellos)- les ha servido como diagnóstico para demostrar lo que todos sabemos: en materia educativa el Estado está rebasado. Ante un sistema educativo absolutamente rebasado como es el mexicano, sin duda un modelo de escuela concertada podría traer grandes beneficios sociales. Pero en una estructura grotescamente corrupta como la que medio sostiene a nuestras instituciones, esa transición es muy peligrosa. Son millones y millones de pesos los que puede significar este “negocio” para una organización que se embolse la “concesión” de unas cuantas escuelas. Cierto que hoy muchas escuelas de sostenimiento particular -no todas, por supuesto- ya lucran más allá de lo legítimo con la educación. Pero el dinero que se mueve ahí es completamente privado. En un modelo de escuela concertada hablamos de dinero público, el asunto es claramente distinto.Sin un modelo que garantice absoluta transparencia en la gestión de escuelas concertadas, estaríamos a las puertas de una nueva “estafa maestra”. Remato dejando una liga a lo que escribí en septiembre de 2013 cuando se ponía en marcha la dichosa “reforma”. Han pasado unos años; el escenario no es muy distinto y mis conclusiones siguen en la misma línea: seguimos sin apostar en serio a la formación de maestras y maestros, seguimos atorados creyendo que los exámenes representan los “logros” y aprendizajes de los estudiantes y seguimos sin cambiar las anquilosadas estructuras burocráticas que nos atan al pasado. No todas las reflexiones de Mexicanos Primero son malas y muchas podrían ayudarnos a cambiar las cosas, pero la solución no está en entregarles a ellos la educación de este país. Más lejos todavía: parece la solución auténtica no pasa ni siquiera por las aulas, pues gane quien gane seguirá usando el sistema educativo como botín y rehén. Pienso que la revolución educativa que necesitamos tendrá que venir desde afuera, desde los márgenes. Por lo pronto, desde esos márgenes convendría desmontar el ridículo mensaje con el que insisten en decirnos lo que debemos pensar y sentir de cara a esta elección. Elige lo que quieras, pero elige tú. PD. Muchos califican y calificarán de absurdo mi dicho. Ojalá me equivoque, pero por si acaso, guardemos este texto y su fecha. Espero que si es necesario desempolvarlo más adelante, sea para reconocer que me equivoqué.

lunes, 2 de mayo de 2016

Una mirada al futuro

En estos días en que tanto se habla de innovación y del futuro es fácil caer en la tentación de la especulación ociosa y sin argumentos. A ratos no está mal, pero cuando se trata de pensar y organizar nuestro propio futuro, el futuro de las instituciones educativas, más vale hacerlo con elementos.

Hoy que la educación superior (la educación universitaria) enfrenta grandes retos, conviene que observemos y analicemos esos fenómenos desde educación básica. ¿Por qué? Encuentro al menos una razón suficientemente importante: los cambios en las universidades vienen impulsados por tendencias en el mundo laboral, en una cadena de arriba hacia abajo; si en las bases nos aferramos a estructuras del pasado, nuestros niños tendrán mañana enormes dificultades para encajar en un mundo que les resultará extraño y en al cual no será sencillo adaptarse con herramientas añejas.

Material para reflexionar y explorar las vertientes que está tomando la Educación Superior hay muchas. En estos días he leído artículos publicados casualmente (¿casualmente?) en días recientes sobre el tema. Algunos intentan dar razones para que las universidades se orienten más hacia el futuro; por ejemplo este publicado en Inside Higher EdWhy Higher Education Need to Be More Future-Focused (Por qué la educación superior debe estar más enfocada en el futuro).

Hoy muchas industrias enfrentan disrupciones que cuestionan lo que tradicionalmente las sostenía (ahí están los multicitados ejemplos de Uber en lo relativo a transporte y Airbnb en hospedajes). Este artículo publicado en University Business explora el tema: Higher ed disruption underway - don't get caught off-guard (La disrupción en educación superior está en curso - que no te tome desprevenido).

Esta tendencia se presenta a través de algunos ejemplos en este artículo publicado en el diario español El País: Universidades disruptivas, así se enseña fuera de lo convencional.

Algunas voces más radicales -al menos desde la perspectiva de quien defiende la persistencia de la Universidad- hablan de la desaparición de los grados universitarios tal y como los conocemos. Un ejemplo de esa visión la plantea Jeffrey J. Selingo en este artículo publicado en Winona Daily News: The four-year degree is dying - but there are innovative ideas (El grado tradicional de cuatro años está muriendo - pero hat ideas innovadoras).

En el marco de estas innovaciones, algunos han hecho notar que muchas de las universidades más célebres del mundo conservan prácticas tradicionales en sus modelos educativos. ¿Por qué sucede? El investigador Eduardo Andere explora una hipótesis en este artículo publicado en el portal mexicano Educación Futura: ¿Por qué las mejores universidades del mundo no enseñan por competencias? (El texto de Andere puede resultar provocador, sobre todo para quienes estamos en Básica o Media Superior, sin embargo creo que pone en acento en un asunto muchas veces olvidado por los docentes: el peso de la motivación. Me parece que ahí se abre una veta que debemos analizar con urgencia: ninguna de nuestras estrategias innovadoras resultará realmente efectiva si el alumno no desea aprender.)

Si sientes que la educación superior está muy lejos de tu territorio, te invito al menos a leer este artículo publicado en Quartz que habla de la educación básica: Schools are finally teaching what kids need to be successful in life (Las escuelas finalmente están enseñando lo que los chicos necesitan para ser exitosos en la vida).

No planteo que compremos sin cuestionar lo que plantean estos artículos: sugiero que a partir de estas (y otras) exploraciones, identifiquemos lo que buscamos y las estrategias que podemos implementar a fin de contribuir para que nuestros estudiantes de hoy cuenten con las herramientas necesarias para abordar con logros y felicidad su vida en el futuro.

lunes, 27 de abril de 2015

Educar en la Aldea Global

(Texto elaborado para el editorial de la publicación institucional Exploradores Monclair, Mayo-Junio 2015)

Educar es una tarea de construcción permanente, inagotable. Se dice con frecuencia que es una misión que corresponde de forma esencial a los padres, a la familia; sin embargo, es evidente que en una sociedad compleja y diversa esa tarea sucede también a través de otras instituciones, formales e informales. Es conocido un adagio africano según el cual para educar a un niño es necesaria una aldea entera. En el contexto “occidental”, donde el individualismo alcanza casi todas las dimensiones de la vida, la idea de una aldea que educa puede sonar incómoda, pero valdría la pena reflexionar sobre sus implicaciones: no educamos solos, aislados.

Hoy vivimos en una compleja aldea global. Quizá siempre lo hemos estado en cierta medida, pero nunca antes había resultado tan evidente. Antes compartíamos un planeta, un medio natural, sin ser plenamente conscientes de las repercusiones que podía tener una acción en el resto del globo. Hoy la tecnología nos conecta y hace evidente que ningún acontecimiento esté aislado, todo repercute en otro lado, queramos o no. Compartimos ya no solo el aire que respiramos o el sol que nos alumbra: fluyen entre nosotros ideas, cultura, creencias.

La aldea en la que educamos hoy es mucho más compleja y educar juntos es un reto que demanda mayor conciencia. Creer que educamos solos al interior de nuestra familia puede resultar más fácil, pues por momentos parece que todo está bajo nuestro control. Pero tarde o temprano salimos a las calles o encendemos una computadora y el resto de la aldea se manifiesta.

Educar en nuestra aldea global demanda colaboración, reconocimiento de la diversidad, arraigo de las convicciones personales en un marco de respeto a los derechos universales. Cada familia procurará transmitir su propia cultura, pero no va sola en esta aventura: necesita encontrar en otros –en la escuela, por ejemplo– aliados con los cuales colaborar para lograr que sus hijos encuentren cada día mejores formas de estar en el mundo, para ellos mismos y para los otros.

jueves, 23 de abril de 2015

Encontrar el rumbo

Los tiempos electorales (que por momentos parece que son permanentes, perpetuos) hace que ciertos temas se manoseen hasta el cansancio. Y la educación es uno de los favoritos, por supuesto. Todos apuestan a la educación como la clave para salvarnos de todos los males posibles. No es ocioso ni casual, lo sé; el problema es que no veo que se tome en serio.

Hace un par de años se celebró con bombo y platillo - festejo que desde entonces no se detiene-, una nueva "reforma educativa". ¿Qué hemos logrado desde entonces a nivel Sistema Educativo? El señor secretario del sector pide que no esperemos soluciones inmediatas; tiene sentido, pero algo debería estarse moviendo, ¿no?

En fechas recientes diversos especialistas en el tema educativo han expuesto sus valoraciones sobre los logros y fracasos de la reforma educativa hasta el momento -más los segundos que los primeros, sin duda-. Comparto aquí algunas de esas reflexiones que conviene analizar para comprender por qué la reforma de este gobierno ha sido insuficiente. Me parece especialmente pertinente el señalamiento que hace Manuel Gil en esta nota del portal Educación Futura, cuando destaca que esta reforma carece de propuesta pedagógica o modelo educativo. Ayuda también mirar el asunto desde la posición de Pablo Velázquez, de Mexicanos Primero, que en este artículo subraya la necesidad de transformar y no solo administrar el sistema educativo.

Para completar la foto, recientemente el INEE presentó un informe sobre el cual hasta ahora solo he leído resúmenes y notas periodísticas. A través de esas referencias, creo que se trata de un documento indispensable para evaluar el estado que guarda la nación -dirían los clásicos- en materia educativa. El informe puede consultarse y descargarse aquí

La pregunta espera -urgentemente- nuestra respuesta e iniciativas. ¿Qué podemos hacer desde nuestras trincheras, desde nuestra escuela, desde nuestras aulas, para darle rumbo a un país que reclama con urgencia auténtica calidad educativa, una formación digna para sus niños y adolescentes?

viernes, 28 de noviembre de 2014

Charles Leadbeater en México (2012)

Una charla sobre la necesidad de innovar en educación.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Hablar sobre Ayotzinapa con nuestros niños y adolescentes

Hace unos días me sacudió encontrarme esta imagen en Twitter:


Después me topé con esta convocatoria, compartida por mi madre en una de sus redes sociales:


De inmediato me pregunté: ¿cómo estamos abordando en la escuela las crisis que atraviesa México? Nos guste o no, creamos o no en nuestros gobernantes, es innegable que estamos en un momento difícil para el país y considero que es obligación de las escuelas abordar dicha realidad. No adoctrinando, por supuesto, ni en una dirección ni en otra: despertando la conciencia, formando una mirada crítica ante los discursos oficiales y los mensajes de los medios de comunicación. Quienes creemos en la función transformadora de la educación, quienes creemos en la educación como vía para la toma de conciencia y el desarrollo del pensamiento crítico, deberíamos buscar que esto fuese claramente palpable en nuestras escuelas.

Abordar esto no es fácil, por supuesto, y tampoco tendría que ser igual en cualquier nivel educativo. Propongo algunas pautas al respecto.

En primer lugar, considero que no nos toca como escuela asumir una postura política que tome partido a favor o en contra del gobierno. Esto significa no caer en el adoctrinamiento, pero no significa negar la realidad y no tocar el tema. Es importante, naturalmente, intervenir de acuerdo con el nivel y la necesidad de los propios alumnos.

Con los más pequeños no creo que el asunto deba plantearse como parte de la agenda del maestro, pero sí es importante estar atentos a reacciones o preguntas que los niños pudieran hacernos al respecto. La forma de abordar al fondo el tema es una decisión familiar, por lo que conviene ser prudentes, especialmente con los chicos de preescolar y primaria. Ojo: no significa que escondamos las cosas, creo que eso no es razonable; simplemente sugiero no profundizar con los pequeños en las posturas ideológicas; lo que sí creo razonable con ellos es abordar la dimensión humana.

En secundaria y preparatoria sin duda resulta pertinente que el tema sí sea abordado con una orientación más abierta hacia la defensa de los derechos humanos, a la toma de conciencia y al análisis crítico de la realidad. Con ellos es pertinente explorar diferentes puntos de vista, abordar los argumentos de las partes en conflicto y colocar los derechos humanos como valores supremos al enfrentar las dimensiones más álgidas del conflicto.

Para completar estas ideas y aterrizar incluso algunas propuestas más concretas, comparto un artículo escrito por Soren García Ascot y Adriana Segovia para el portal de Animal Político. También les dejo el audio de una entrevista que dieron estas chicas a un programa de radio.

Sé bien que el tema puede ser polémico. Los invito a compartir ideas y reflexionar juntos sobre ello.


Artículo: ¿Cómo hablarle a los niños sobre Ayotzinapa?, por Soren García Ascot y Adriana Segovia

Audio: Entrevista a las autoras del artículo en el programa Así las cosas, de WRadio

lunes, 14 de julio de 2014

¿Padecer la realidad o transformarla?

Un año más. Muchas emociones. La conciencia ineludible de la enorme responsabilidad que tenemos como educadores. Comparto con ustedes el mensaje que dirigí esta mañana a los alumnos que concluyeron 3º de Secundaria en el Colegio que encabezo.


Se han preguntado: ¿de qué les ha servido venir a la escuela durante más de 10 años continuos? ¿Por qué tendrían que seguir asistiendo otros tres años por lo menos, y completar la educación obligatoria?

Algunos dirán que deben prepararse para la vida, para salir al mundo, para conseguir un trabajo, para ganar dinero. Algunos piensan que vamos a la escuela para que nos enseñen cómo deben ser las cosas, para que nos digan lo que debemos saber, cómo debemos actuar.

En Monclair  no creemos eso. En Monclair pensamos que nuestro trabajo es empujarlos para preguntarse por lo que funciona y lo que no; moverlos a imaginar nuevas maneras de hacer las cosas; ayudarles a encontrar herramientas para transformar el mundo.

Quizá algunos se pregunten: “¿Por qué habría que transformar el mundo? ¿No está bien como está?”

Vivimos un mundo de contrastes.

Hace mucho tiempo que el entusiasmo, el crecimiento, la alegría y las celebraciones, conviven todos los días con el dolor y la injusticia.

Cuando ustedes nacían, el escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió un libro que muestra crudamente estos contrastes. El libro se llama: Patas Arriba, la escuela del mundo al revés. En las primeras páginas nos dice:

“En el mundo al revés, quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen. (…) El mundo al revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa. (…) El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo.”

Mientras millones de personas observan la televisión y celebran un mundial de futbol, mientras la selección y el pueblo alemán festejan su campeonato, el pueblo palestino en medio oriente vive horas oscuras, bajo los bombardeos israelíes.

¿Les parece que eso está muy lejos? Vamos más cerca…

Mientras unos cuantos se pueden dar el lujo de pasear e ir de compras a Altacia, creyendo que es el lugar más bonito de León, miles pasan horas de angustia pensando cómo sacar el mayor provecho a unas cuantas monedas que cada día les alcanzan para menos.

¡Y todavía hay quien piensa que los pobres son pobres porque no le echan ganas, porque no se esfuerzan suficiente!

No nos detenemos a pensar que buena parte de la pobreza es producto de la injusticia: que mientras unos cuantos se reparten el pastel, otros no alcanzan ni las migajas.

Lo más triste, es que además algunos quieren enseñarnos que debemos convertirnos en los que sacan las rebanadas más grandes, cuando deberíamos aprender a preparar juntos pasteles que puedan alcanzar para todos.

En unas semanas estarán ingresando al bachillerato: un nivel que representa la conclusión de su educación obligatoria y al mismo tiempo establece las bases para la construcción de su proyecto de vida adulta.

Les queda mucho por aprender, mucho por cuestionar, mucho por descubrir. En ese camino, no renuncien al regalo más preciado que tienen: su libertad. No actúen porque el instructivo lo dice, o porque la mayoría lo hace, o porque Google o un algoritmo informático les dicen que eso es lo que les conviene.

Tomen decisiones haciendo uso de su libertad y asumiendo conscientemente la responsabilidad que esa libertad les exige.

Los invito a tomar el consejo de Galeano: no permitan que les enseñen a padecer la realidad, atrévanse a cambiarla; escuchen el pasado e imaginen el futuro.

Otro uruguayo, el poeta Mario Benedetti, se preguntaba qué les quedaba por vivir y probar a los jóvenes en un mundo de rutinas, ruina, consumo y humo.

Y se respondía… Les queda…

no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros

tender manos que ayudan / abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno /
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines de pasado
y los sabios granujas del presente.

domingo, 15 de junio de 2014

Sobre los monopolios en la gestión de contenidos escolares

Con alarmante velocidad, en los últimos años se han empezado a difundir “programas integrales” para promover en las escuelas un mayor aprovechamiento de los entornos digitales con fines educativos. Estos programas ofrecen programaciones y contenidos que ya antes eran gestionados a través de materiales impresos y que ahora suman “la riqueza” de las tecnologías digitales. Tanto instituciones públicas como privadas en México han recibido con entusiasmo esta nueva oferta de servicios comercializados con la consigna de “facilitar” el trabajo al docente y “enganchar” a los alumnos con contenidos atractivos y entretenidos. Si bien las tecnologías digitales se presentan como potenciales vehículos para la creación y gestión plural de ideas, la amplia aceptación de estos programas educativos pone sobre la mesa el riesgo de desperdiciar ese potencial democrático en favor de una administración centralizada de contenidos.  

Aunque aparentemente no tiene relación, el párrafo está tomado de una ponencia que presenté en enero de 2013 sobre la comunidad de indagación filosófica en la escuela y los entornos digitales. Lo recupero con la intención de desarrollar con más serenidad esta idea que describe lo que es cada día una moda más arraigada.

sábado, 7 de junio de 2014

Reclamo de un aspirante a lector hacia sus maestros

Usualmente la gente recuerda a sus maestros por lo que hicieron. Bueno o malo, eso que nuestros maestros hicieron suele traducirse en agradecimiento o en reclamo. Yo, con mis problemas para evocar el pasado, cada vez me relaciono más con mis antiguos maestros por lo que dejaron de hacer. Hay muchas perspectivas desde las que podría explicar esta vinculación con mi pasado de estudiante, pero quizá la que me resulta más accesible es mi formación como lector. Y es que una de las cosas que más lamento de mi larga escolaridad, es que mis maestros no hayan sabido inspirarme con más fuerza la vocación literaria.

De los 6 a los 23 años, solo identifico 5 profesores que abrieron para mí alguna ventana al infinito mundo de la literatura. Juan, en el primer año de primaria, apostó en mí por la poesía y algo dejó sembrado desde entonces. Pasaron los años y fue hasta sexto grado que apareció Ventura con el reto de los libros mensuales; fue él quien, contando con la firma de mi padre de por medio, me autorizó para leer El hombre invisible, de H.G. Wells, a los doce años. En secundaria solo hubo un maestro con la visión de hacer de sus pupilos lectores en el futuro: era su apellido era Pelcastre —el nombre se me escapa en la nube del pasado—; a él debo la invitación a leer las Crónicas Marcianas de Bradbury, libro que desde entonces me acompaña como uno de mis grandes favoritos. El bachillerato representó un periodo de tres años perdidos en la materia, que se salvan curiosamente por Claudio Pita, mi maestro de Cálculo, a quien admiraba yo tanto que solo por verle un día llevando bajo el brazo el entonces recién publicado Del amor y otros demonios, me animó a adentrarme en el realismo mágico de un García Márquez que, por más diluido que estuviera por la fama posterior al Nobel y las grandes obras iniciales, me pareció fascinante. Llegaron los años universitarios y la tabla de salvación fue una materia que parecía parche en el plan de estudios de la carrera de comunicación: Textos Latinoamericanos Contemporáneos. Ahí fue mi maestro Juan Antonio quien me llevó a descubrir la que a la fecha sigue siendo quizá mi obra literaria favorita: El túnel, de Ernesto Sabato.

Cinco maestros en diecisiete años de escuela. No cuento a una maestra de Redacción que ya en la maestría me hizo leer por primera vez Las batallas en el desierto, porque para entonces mi suerte ya estaba echada: me había dado cuenta que era yo quien tenía que forjarme como lector a pesar de la nula inspiración de mis maestros.

Hoy, cuando me acerco a cumplir cuatro décadas de vida, lamento, por ejemplo, no haber leído aún las grandes novelas rusas o no haberme dado la oportunidad de comprobar yo mismo si leer a Vargas Llosa merece o no la pena, por citar un par de ejemplos de aquella literatura que se supone uno debe conocer en algún momento gracias a la escuela.

Sé que contra el lector promedio que retratan las estadísticas, se me podría considerar un sólido lector. Lo cierto es que poco tuvieron que ver mis maestros, mucho influyó naturalmente mi familia y algo ha contado en ello mi adicción por devorar el mundo. Quizá por eso el reclamo a mis maestros es mayor; hubiese bastado un poco más de rigor, un poco más de inspiración, un poco más de provocación, un poco más de ejemplo, para que hoy no me sintiera abrumado por tantas lecturas pendientes, tantas lecturas que —de haber tenido el pretexto en su momento— estarían palomeadas ya en mi lista.

Con el tiempo las circunstancias me convirtieron en maestro de lengua y literatura. Dolorosamente, quizá por falta de ejemplos a seguir o posiblemente por mi falta de visión e impericia, creo que cometí varias veces los mismos errores de mis maestros. Consciente de mi reclamo y de mi ilusión por haber encontrado años atrás un poco más de inspiración, intenté varias veces sembrar en mis alumnos el acercamiento a las letras o al menos que perdieran el miedo a ellas, para algún día, cuando les llegase su momento, ellos mismos se dieran la oportunidad de perderse en ellas. De vez en cuando he encontrado evidencia de que al menos en alguno de ellos mi ilusión logró materializarse. Eso me alegra. Por desgracia, no puedo quitar de mi mente que pude haber hecho más. E incluso entonces el resentimiento se dirige a mis maestros de aquellos años, y entonces me aterra pensar que el mal sea hereditario y algún día dejaremos todos de leer.

Afortunadamente miro las repisas de mi estudio y encuentro algo de consuelo. A veces basta el gesto involuntario de alguien como mi maestro de cálculo o la provocación sutil de alguien como mi maestro de español en segundo de secundaria, para que opere el milagro. Incluso si en las escuelas se deja de leer, hoy tenemos medios fascinantes para resurgir de las cenizas de unos cuantos lectores con ganas de contagiar.

Posdata. Solo por dejar claro lo evidente, acerca de las listas de lecturas pendientes, sé bien que nunca es tarde mientras haya vida. 

viernes, 20 de diciembre de 2013

Adiós a una prueba que nunca debió existir

Nunca cuestionaría yo los motivos que oficialmente dieron origen a la Evaluación Nacional de Logro Académico en Centros Escolares, popularmente conocida como ENLACE. Desde que apareció, en 2006, no tuve claro qué se habían tomado más en serio: si el diseño mismo de la prueba o la necesidad de lograr un acrónimo tan redondo para nombrarla.

Insisto: los motivos no eran solo legítimos, sino urgentes. El principal: elevar los niveles de logro en el aprendizaje de los estudiantes. El problema no fue solo que la prueba nació deforme y mal planteada, sino que jamás se implementaron verdaderas estrategias en las bases y estructuras del sistema educativo para que la prueba tuviera algún sentido.

Cierto que los instrumentos de ENLACE tuvieron mejorías con el paso de los años, pero nunca dejó de ser una prueba que medía conocimientos, la mayoría de ellos en el marco de una tradición de aprendizajes que en gran parte del mundo ha sido ampliamente superada. ENLACE pretendía contribuir a mejorar los resultados de nuestros adolescentes en la conocida prueba PISA de la OCDE, sin embargo esta última mide algo totalmente distinto: competencias lingüísticas, matemáticas y científicas que van mucho más allá de unos cuantos saberes técnicos o mecánicos. ¿Qué mejor evidencia del fracaso de ENLACE en este objetivo, que el más reciente informe PISA, donde México hace gala de un profundo estancamiento a lo largo de más de una década?

Durante 8 años he debatido con amigos sobre la excesiva importancia que a mi juicio la gente otorga a los resultados de ENLACE. He discutido con colegas que presumen que sus niños, sus grupos o sus escuelas están entre los mejor ubicados en una lista o ranking que oficialmente ya no existe y que aunque se construya con los datos de la propia SEP, nunca serán suficientemente legítimos ni comparables.

Durante mucho tiempo —y especialmente en los últimos 5 años— he intentado explicar a padres de familia de mis alumnos por qué nuestro Colegio no estuvo ni pretendió estar nunca en los mejores puntajes de la ahora extinta prueba. A mi juicio, dedicar energía a lograr escalar en una medición tan mal planteada, no es sino pérdida de tiempo y recursos. Los aceptables resultados promedio de los alumnos del Colegio que dirijo, no me han avergonzado jamás; por el contrario, celebro que lo que han logrado es producto natural de trabajar en otra dirección: el pensamiento complejo, el razonamiento verbal, matemático, científico y filosófico que en el futuro les permitirá tomar decisiones autónomas y enfrentar los retos del mundo con suficientes herramientas.

La buena noticia es que ENLACE desaparece para 2014. Lástima por los millones de pesos tirados a la basura y, sobre todo, por las largas horas que millones de niños en el país dedicaron entrenándose para una prueba con la que sus maestros y escuelas se jugaban recursos públicos o con la que los directivos de colegios privados armaban lamentables estrategias de mercadotecnia.

La mala noticia, es que nada nos garantiza que la prueba que venga a sustituir a ENLACE corregirá ese rumbo. Por supuesto, deseo firmemente que así sea. Soy escéptico por motivos políticos y pedagógicos. Entre los primeros, porque no he visto en ninguna de las iniciativas de la Reforma Educativa una auténtica convicción de querer mejorar la educación; por el contrario, encuentro en la política educativa de este sexenio una obsesión por la dimensión sindical y laboral, que no pasa realmente por la manera en que se enseña y se aprende en este país.

En cuanto a mis motivos pedagógicos, el central es mi firme creencia en la incompatibilidad profunda entre la educación auténtica y la evaluación estandarizada. Me queda claro que esta última es necesaria en el mundo que tenemos. Y, precisamente por eso, creo que no encaja con una educación que debería estar orientada a transformar ese mundo de raíz.

Por el momento, me queda esperar y en su momento decidir cómo trabajaremos con lo que nos pongan enfrente.

martes, 3 de diciembre de 2013

Un nuevo acto en nuestra tragedia educativa

La tragedia educativa de México regresa a los titulares como cada 3 años, a propósito de la publicación de los resultados de PISA. Como cada 3 años, asistimos a un nuevo acto en el que muchos se lamentan por los paupérrimos indicadores que otros celebran como parte del consistente avance de nuestros sistema educativo. Y, como cada 3 años, lejos de entrar al análisis profundo de las causas de nuestro rezago, medios y ciudadanos se concentran en buscar culpables y pasar facturas. Para colmo de males, el calendario de la OCDE para la aplicación de su prueba estrella en materia educativa, coincide con nuestro calendario de elecciones federales, facilitando que unos y otros se señalen y pocos se pongan a trabajar.

Revisando hace unos minutos las metas que el gobierno mexicano se había puesto para la aplicación de PISA 2012, encuentro que los malos resultados están (casi) a la altura de lo planeado. Claro: las metas formuladas eran congruentes con la estadística previa, a tal grado que uno esperaría se alcanzaran casi por inercia. Y ni así. En lectura descendimos un punto y nos colocamos 11 atrás de la mediocre meta de 435 que nos habíamos propuesto. Pese a la manera en que algunos han interpretado los números, en Matemáticas retrocedimos 6 puntos y nos quedamos 22 por debajo de la misma meta. (Ocurre que 2003 fue la última vez que la PISA había puesto énfasis en Matemáticas, por eso hoy muchos dicen que "aumentamos de 385 a 435").

Fuente: http://www.pisa.sep.gob.mx/pisa_en_mexico.html Consultado el 3/12/2013

Siguiendo la tradición de cada 3 años, es momento de preguntarnos —otra vez— sobre las causas y las políticas que podrían hacer que nuestros niveles mejoren.

Al margen de las imperfecciones y algunos aspectos discutibles de PISA, el estancamiento del país en esta prueba demuestra que ENLACE ha sido una prueba inútil hasta ahora. Por más mejoras que se han hecho a la prueba ENLACE, sigue siendo un examen muy limitado cuya lógica de operación favorece la simulación, insertando a las escuelas en una lógica de competitividad mal entendida, en la que los resultados numéricos son más importantes que los aprendizajes reales. Como Director de una escuela, cada año cuando se publican los resultados de ENLACE, recibo muchos comentarios de padres de familia con inquietudes sobre nuestros "resultados". Los entiendo: los medios locales adoran elaborar listas para decir quiénes son los mejores y quiénes los patitas feos. Pocos se involucran con el contenido de la prueba y con los aspectos que auténticamente mide o con las prácticas de simulación que esta prueba premia. ¿Significa esto que ENLACE no sirve para nada? ¡No! Significa que nos sirve para lo que nos han dicho y no mide lo que nos dicen que mide.

Lo más dramático, es que la coyuntura que atraviesa México es ideal para negarnos a cualquier posibilidad de análisis profundo del problema, y celebrar que la reciente "reforma educativa" —a la que no me cansaré de entrecomillar— vendrá a resolver las cosas. Basta escuchar la propaganda con la que alegremente nos bombardea el gobierno federal, para convencerse de las bondades de la "reforma", a grado tal que oponerse a ella es casi sinónimo de ser un enemigo de la educación.

Para muestra este botón, en el que una madre de familia presenta un silogismo formidable:
"Si la reforma educativa nos dará como beneficio el tener mejores maestros, mejores instalaciones, condiciones de educación (sic), maestros contentos, maestros dedicados, estoy con la reforma." 


Y es que, bajo esos supuestos, ¿quién no estaría con la reforma? El problema es que ese condicional ("Si la reforma educativa nos dará..."), es tan poderoso como cualquier otro ("Si mi abuelita tuviera ruedas..."). La cuestión es: ¿realmente la "reforma" establece términos y condiciones que garanticen todos esos resultados? Yo me la he leído al derecho y al revés y sigo sin encontrar cómo.

Creo que nadie en su sano juicio podría declararse en contra de la calidad en educación. Sin embargo, cada vez que escucho en el radio a este maestro de historia, me empieza un dolor en el alma y termino con un dolor de cabeza, preámbulo del enojo. 


Me enfurece pensar que tantos estén convencidos del poder mágico de una "reforma educativa" que difícilmente responderá a los retos urgentes de nuestros niños y adolescentes. Me enfurece porque yo, como este maestro, también quiero un cambio, tengo un firme compromiso con México y quiero que el día de mañana mis hijos tengan una educación de calidad. Me pregunto, ¿este maestro conoce a cabalidad el contenido de la "reforma"? ¿Se da cuenta que se trata de una "reforma" edulcorada, que responde solo en apariencia a las grandes demandas de nuestra sociedad pues carece de las estructuras necesarias para dar resultados? 

Lo he dicho una y mil veces: no me opongo a la "reforma". Simplemente lamento que no contemos con la reforma que necesitamos y me enoja que nos hagan creer que hemos encontrado el camino, cuando ni siquiera tenemos claro el destino del viaje.

En estos días estará de moda —otra vez— hablar de educación. Los resultados generales de PISA nos convertirán a todos en expertos en la materia por un rato. Pocos irán a revisar completo el Informe PISA 2012 —son 4 volúmenes, de los cuales ya descargué 3 que suman 1,400 páginas. Pero bastaría con una lectura crítica del documento de revisión general, acompañado del informe Education at a Glance 2013 (otros 400 folios) de la propia OCDE, para comprender la complejidad de la criatura con la que estamos lidiando y la urgencia de ponernos todos manos a la obra, porque en esto nos jugamos el presente y el futuro del país.

Me dirán algunos que critique menos y proponga más. Y les respondo que eso hago todos los días en mi trinchera. Una trinchera que quisiera a veces ampliar y es quizá por eso que me invade este impulso desesperado por compartir estos razonamientos en estos medios que pueden llegar más allá de mi escuela. Comparto mi crítica porque pienso que solo es posible dar el siguiente paso asumiendo primero una actitud así, dispuesta a desmontar el discurso fácil que —algunos de mala fe y otros con una dolorosa ingenuidad— nos intentan vender a diario.

martes, 5 de noviembre de 2013

En busca de cambios radicales

Hace un rato me lleve una sorpresa al descubrir que en la portada de la revista WIRED (especializada en cuestiones de tecnología y ciencia, sobre todo ligadas a la informática), aparece una niña tamaulipeca, Paloma Noyola. Lo impresionante no es solo que sea una niña mexicana de 12 años, sino la frase que titula la revista.



En realidad, el talento de Paloma y la visión de su maestro, sirven al autor del artículo para plantear una reflexión que va mucho más allá de estos dos personajes: "How a Radical New Teaching Method Could Unleash a Generation of Geniuses", o "Cómo un radicalmente nuevo método de enseñanza podría desencadenar una generación de genios".

El artículo es extenso pero vale mucho la pena para pensar en la urgente necesidad de transformar las escuelas. (Una necesidad que, como bien se hace notar en el artículo, no es cosa nueva, sino que lleva años en la agenda de nuestros asuntos pendientes.)

Creo que la lectura del texto vale la pena para contrastar con nuestras propias experiencias como maestros. Algunas de las preguntas que yo me hago y que pongo sobre la mesa: ¿Cuáles serían ejemplos de cambios radicales a nuestro alcance? ¿Cómo podemos generar cambios radicales desde nuestras aulas? 

lunes, 14 de octubre de 2013

Usos de Twitter en educación

Una infografía que ya tiene varios meses en mi correo, pero que sigue resultando relevante. Cortesía de los amigos de Alianzas Educativas.


jueves, 26 de septiembre de 2013

Video: "La reforma educativa ¿y las escuelas?"

Si de veras le interesa a alguno por acá comprender mejor la complejidad del problema educativo en México y valorar con más argumentos las reformas que se están presentando en la materia, le recomiendo ampliamente este programa. Creo que encontrarán un buen análisis sobre las posibilidades y limitaciones de esto que hoy nos anuncian como la reforma que llevará al país "al lugar que se merece". Comulgo especialmente con la exposición de Ricardo Raphael, a mi juicio uno de los mejores conocedores de la materia.

Programa Tejemaneje, de Terra TV México. Participan: David Calderón y Ricardo Raphael. Conducen: Fernando del Collado y Mario Gutiérrez Vega.



Lo malo no es que una conductora de televisión se desgañite intentando defender lo indefendible. Lo preocupante es que esa persona conduzca uno de los programas más vistos en nuestro país y que, para tragedia de todos, tenga razón cuando vocifera que la gente la reconocería antes y con más esperanza que a una periodista, más allá de las simpatías o fobias ideológicas que ésta pueda provocar. Sueño el día en que el repudio a semejantes programas sea general y nuestros medios lleven contenidos más constructivos, que nos humanicen.

Sueño y, desde mi trinchera, trabajo por ese sueño.

#OtroMéxicoEsPosible

martes, 17 de septiembre de 2013

Reformar la Educación (II)

Las trampas de la calidad

Las divisiones sociales que ha subrayado la coincidencia de manifestaciones de maestros de diferentes lugares del país ante la reforma educativa, con la presentación de una propuesta para eliminar la exención de IVA a la educación privada, han desatado todo tipo de debates. Uno de ellos gira en torno a la calidad de la educación. 

Muchos de quienes envían a sus hijos a escuelas particulares, declaran que una de sus principales motivos para esta decisión es buscar una "mejor calidad educativa". Al margen de las estadísticas que citaba en la entrada anterior acerca de la población que asiste a escuelas oficiales y privadas, resulta interesante que sean familias de ingresos menores a diez mil pesos o familias que perciben 5 o 10 veces más, el argumento de la calidad siempre está presente.

Sin embargo, mediciones nacionales e internacionales sobre logro escolar, reflejan que esa diferencia en calidad es muy relativa. En el caso de escuelas con colegiaturas accesibles para la mayor parte de la clase media, ese diferencial es casi nulo. No obstante, las familias que envían a estos colegios a sus hijos no esperan que sus críos egresen siendo unas lumbreras: esperan del colegio instalaciones limpias y suficientes para la puesta en práctica de planes y programas. (Recuerdo cómo un amigo me relataba el número de colegios privados con bajas colegiaturas que surgieron en Oaxaca en los días de una de las más severas crisis magisteriales que dejaron sin clases a los niños durante meses.)

En las escuelas más caras, a las que asisten los hijos de las familias de mayores ingresos, las diferencias entre niveles de logro pueden ser razonablemente mayores en evaluaciones nacionales, pero muchas de las mediciones internacionales que miden aspectos más complejos del aprendizaje, no coinciden en ese amplio margen y, en todo caso, lo explican más por factores ajenos a las escuelas en sí mismas, como son la calidad de vida y el entorno social donde los chicos se desarrollan. 

El argumento de la calidad, pues, parece más asociado a condiciones de infraestructura que a niveles de logro efectivos, traducibles en aprendizajes significativos.


Otra vuelta el dinero

Nos guste o no, el mundo no funciona sin dinero. A los románticos idealistas nos encantaría que esto no fuera así, pero la realidad se nos impone todos los días recordándonos que con dinero baila el perro. Mientras no encontremos un nuevo paradigma, nos inclinemos a la izquierda o a la derecha, el dinero es fundamental para operar cualquier estructura, incluido el sistema educativo.

México invierte un razonable porcentaje de su Producto Interno Bruto a educación, al menos si lo calificamos a la luz de lo que invierten los países desarrollados. Si tomamos como referente a la OCDE, estamos rozando la media de los países miembros: 6.2% contra 6.3%. Invertimos proporcionalmente más que Australia o Suiza. Si nos concentramos en el porcentaje de PIB orientado a niveles de Primaria, Secundaria y Media Superior, estamos ligeramente arriba de Canadá y al mismo nivel que Estados Unidos. 

Estos números —que nos son nuevos y que poco sorprenderán a los que conocen de política educativa— muestran que el problema de México no es la cantidad de recursos, aunque a nadie caería más superar esos niveles de inversión. El problema está en la asignación y el uso que se da a los recursos. ¿Por qué nuestras escuelas públicas se encuentran en tan mal estado? ¿Por qué en muchas comunidades del País los niños tienen que llevar sus propias sillas para tomar clase? ¿Por qué las famosas cuotas en las escuelas resultan tan necesarias? Ojalá fuera todo parte de una estrategia para involucrar a las familias con la vida de la escuela. La cruda realidad es que la infraestructura, condición fundamental para hacer de un plantel escolar en un ambiente propicio para el aprendizaje, está en franco deterioro. 

Es ahí donde el Estado responsabiliza —no sin cierta dosis de razón— al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Nos dicen que el problema es que el dinero se queda atorado en burocracia que no está frente a grupo, que el dinero se reparte a discreción de los líderes. Posiblemente llevan razón quien señala eso. No me extiendo mucho en este renglón, pues parte de mis razonamientos coinciden con los expuestos en estos días por Ricardo Raphael —quien sabe más que yo y cuya elocuencia me rebasa— en su artículo "CNTE en soledad". En ese mismo artículo, el analista apunta una de las claves centrales, al menos en mi juicio, de la crisis educativa y de la insuficiencia de las reformas recién promulgadas: ¿cómo enfrentar el problema si no es desde la formación y profesionalización del maestro?


Nadie da lo que no tiene

Esta sentencia parece una obviedad, pero en el caso que nos ocupa me parece una luz muy poderosa. Ante un sistema educativo en crisis, no solo de recursos sino —sobre todo— de visión y de identidad, es natural buscar la solución en la renovación de profesorado. Suena muy bien, el asunto es, encontrar el cómo.

La flamante Ley General de Servicio Profesional Docente se perfila en una dirección que a muchos nos parece correcta: necesitamos que los maestros sean los mejores mexicanos. Así han hecho muchos países que han logrado transformarse en unas cuantas décadas. Un concurso de oposición como medio de ingreso al magisterio es esencial y muchos se preguntarán cómo es posible que tal cosa no existiera antes. Dejando de lado el complicado asunto del diseño de las evaluaciones más pertinentes, ¿cómo haremos para que sean los mejores mexicanos los que concursen por esas plazas?

Nadie da lo que no tiene. Esperar que los egresados de las licenciaturas en educación Preescolar, Primaria y Secundaria salgan listos para ese examen implica una revolución en esos semilleros, cuestión que no se ve por ningún lado en las reformas presentadas y aprobadas en tiempos recientes. Muchos critican a los maestros que "reprueban" los exámenes que se les aplican y pocos se detienen a pensar qué les están preguntando y si los elementos con los que han sido formados son realmente pertinentes y suficientes para dichas evaluaciones.

Es una realidad: tenemos un magisterio con inmensas carencias. Sin embargo, contra lo que nos han querido hacer creer algunos, esas carencias no son producto de la holgazanería o de la falta se sentido de superación. No es que esas maestras y maestros sean unos flojos o que no tengan ganas de aprender. Simplemente han sido formados en ese mismo sistema que hoy sabemos es urgente poner de cabeza para lograr resultados diferentes.

Por eso, al margen de los intereses sindicales que sin duda vulneran las reformas, el problema de fondo es encontrar los mecanismos que ayuden a profesionalizar a los maestros que hoy tenemos. Hallar caminos para dotarles de las herramientas que les permitan formar mejor a nuestros niños. Una labor de titanes que no se ve claro esté en la mira de nuestras autoridades educativas.

En estos días se ha dado un fabuloso golpe mediático para asegurarnos que la reforma educativa nos llevará "al lugar que merecemos". Me preocupa la noción de merecimiento que tenga nuestro gobierno. Me preocupa que hoy tantos hagan propias las frases de los spots que legitiman la reforma y crean que una serie de evaluaciones serán suficientes para cambiar las cosas. Por supuesto que la evaluación es necesaria, pero nunca será suficiente, pues sus resultados pueden usarse para cualquier cosa y también para su contraria. 


Reformar la educación

A lo largo de quince años que he dedicado hasta hoy a la educación, he conocido muchos maestros tanto de escuelas oficiales como de colegios privados. Me he topado con muchos oportunistas y otros tantos que están en las aulas a falta de lago mejor, según sus propias palabras. Unos y otros son los menos. En los más de los casos, he encontrado que se trata de gente con ganas de hacer de sus comunidades mejores lugares para vivir, hombres y mujeres con intención de ofrecer a sus niños lo necesario para que sean gente de bien. Sin duda, casi todos con muchas y muy grandes dificultades. 

En los últimos años he sido profesor de posgrado de muchas maestras y maestros que buscan superarse y a través de ese crecimiento ayudar más y mejor a sus niños. Hablo de docentes que trabajan en escuelas oficiales —esas que atienden a la mayoría de los niños del País, aunque a muchos les cueste trabajo entenderlo—, tanto en contextos urbanos como rurales. Confieso que muchas veces al iniciar un curso, al ver sus primeros trabajos, me pregunto cómo es que tienen un título de licenciatura y cometen tantos errores ortográficos o son incapaces de estructurar un texto con la coherencia que yo buscaría en una persona con su nivel de estudios. No he tardado en comprender que no puedo pedir peras al olmo y he aprendido que me toca ayudarles a descubrir ellos mismos el fruto que cada uno esté llamado a regalar. 

Reformar la educación en serio exige muchas cosas, pero hay dos que encuentro indispensables. La primera: dignificar la labor del maestro, lo cual implica para el México de hoy, entre otras cosas, orientar la energía en la profesionalización del magisterio que hoy está frente a grupo. La segunda, es mucho más complicada todavía: establecer un nuevo pacto entre escuela y familia. Parece elemental, sin embargo las desviaciones históricas que han marcado la historia de nuestras escuela obligan hoy a revisar ese pacto y establecer nuevas definiciones sobre la tarea que comparten las familias con las escuelas.

La tarea de profesionalizar al magisterio tiene que ser respaldada por una clara política de Estado. En cambio, el establecimiento de un nuevo pacto social en torno al papel de la escuela, difícilmente podría decretarse con reformas constitucionales; dependerá de una revolución profunda de nuestras conciencias en torno al papel que juega cada uno de nosotros en la construcción del futuro.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Reformar la Educación (I)

Lo que más me duele de las diversas reformas "estructurales" que se han venido anunciando y discutiendo en los meses recientes, es la división social que están consiguiendo. Como si el tejido social de nuestro País no estuviese suficientemente lastimado, el modo en que se están presentando los debates de ciertos temas han venido acentuando una dolorosa división de clases. Los pobres, los ricos y los clase media que no terminan de entender si están a un paso de unirse a los de abajo o de acceder finalmente al terruño de los de arriba.

La peculiar combinación de una reforma educativa que tiene en las calles a tantos manifestantes, con una reforma hacendaria que lastima intereses —y bolsillos— de una parte importante de la clase media, ha sacado a relucir un inusual debate público en torno a la escuela oficial y la educación que está en manos de los particulares. Para tristeza de muchos —entre los que me cuento— el debate no está enfocándose precisamente a cómo hacerlas mejores a ambas, sino que ha desatado cuestionamientos y reclamos mutuos, desde perspectivas las más de las veces egoístas, poco solidarias.

En estas líneas intento aprovechar que el debate se ha colado en la escena para reflexionar sobre la problemática de la educación en sus conjunto, admitiendo que mi experiencia profesional —y de vida— me permite hablar quizá con mayor conocimiento de causa de la escuela privada, aunque la pública en modo alguno me es ajena. Las ideas son muchas y trataré de exponerlas en dos partes.

En esta primera entrega, exploro primero el contexto general donde ubico el problema e intento después un acercamiento inicial al asunto del dinero.


Un problema de números

Reducir el problema de la educación a unos cuantos números es peligroso. Como en cualquier otro ámbito, el uso de indicadores para explicar la realidad o la complejidad de un problema, es siempre arriesgado y nos deja ante la posibilidad de decir lo que queramos. Según se mire, un indicador puede ayudar a una persona a defender cierta decisión mientras el mismo dato en manos de su oponente se traduciría exactamente en lo contrario.

Pese a ello, podemos admitir que con un poco de esfuerzo y apertura mental, uno puede lograr interpretaciones más legítimas que otras. Eso he intentado hacer desde el domingo que se publicó el Paquete Económico 2014: entender con base en los números presentados por el gobierno, cómo se pueden justificar ciertas propuestas. Leamos el siguiente ejemplo, del apartado donde se explica la decisión de gravar con IVA los servicios de enseñanza:

Para avanzar en el objetivo de que la incidencia del pago de impuestos se concentre en los hogares de mayores ingresos, se propone a esa Soberanía eliminar la exención en el IVA a los servicios de educación. Esta medida se plantea considerando que el 39% del gasto corriente monetario en educación de los hogares se concentra en el 10% de los hogares de mayores ingresos, mientras que sólo 1.5% corresponde al 10% de los hogares de menores ingresos.

Con esta medida se amplía la base del IVA, ya que actualmente la prestación de estos servicios está exenta y se logra mejorar la progresividad del sistema impositivo, así como contar con mayores recursos para programas de gasto público directo en favor de la población de menores ingresos.
Al final me he dado por vencido en varios casos, pues resulta evidente que los datos propuestos —al menos en el par de temas que personal y profesionalmente más me interesaban— son parciales y bastante confusos.

De acuerdo con las estadísticas de la Secretaría de Educación Pública y del INEGI, si  medimos por número de alumnos atendidos, la educación de sostenimiento privado representa alrededor de un 12 por ciento del total del país, considerando todos los niveles (básica, media superior, superior). Si centramos la mirada en educación básica (preescolar, primaria y secundaria) el porcentaje disminuye ligeramente, para rondar el 10 por ciento.

La proporción, sin embargo, no es consistente en todo el país. En el Distrito Federal, por ejemplo, se concentra un mayor número de escuelas particulares, a grado tal que éstas atienden a poco más del 20 por ciento de los alumnos de nivel Primaria. Por el contrario, en entidades como Oaxaca y Chiapas, la educación privada representa cuando mucho un 2 por ciento. 

Hablando de números, resulta interesante explorar el costo de la educación privada en el País. A lo largo y ancho del territorio nacional, es amplísima la gama de colegiaturas que cobran las instituciones, desde el Preescolar hasta el nivel de Posgrado. Uno puede pagar un programa completo de doctorado a menor costo que un par de meses de colegiatura de Primaria en ciertos colegios de la Ciudad de México.

Lamentablemente no tengo a la mano fuentes que me permitan afirmar con certeza cuál es el costo promedio de una colegiatura de Primaria o Secundaria en una escuela privada, pero lo cierto es que la media no es el mejor indicador para estos casos, siendo que en la Sierra Tarahumara operan escuelas sostenidas con recursos privados que cobran cuotas casi simbólicas a sus alumnos, mientras que algunos pagan por un ciclo escolar de preescolar más de lo que ciertos chicos pagarán por toda su educación universitaria. 

Así pues, parece claro que hablar de "las escuelas particulares" de México, como si se tratase de un conjunto relativamente homogéneo, resulta poco sensato, por no decir absurdo o ridículo.


"Vamos a poner una escuela"

No sé cuántas veces he escuchado esa propuesta de boca de familiares, amigos y desconocidos, pues hace tiempo que dejé de llevar la cuenta. Prácticamente todos los que me lo han sugerido o insinuado, se apoyan en una premisa que consideran inapelable: una escuela es muy buen negocio.

Negar que muchas escuelas son negocio —y algunas un negocio muy bueno—, sería mentir. Como también sería falso decir que todas nacen con un fin de lucro y todas buscan enriquecer a sus fundadores. También sería injusto negar que muchas de esas escuelas están aportando algo a la sociedad, supliendo en muchos casos una obligación que el Estado solo no es hoy capaz de cumplir.

Poner una escuela, como sugieren muchos, puede entonces ser buen negocio, pero está lejos de ser el más fácil. Si de hacer dinero se trata, muchos predios que hoy ocupan escuelas, serían más redituables para sus dueños si pusieran un estacionamiento o una plaza comercial. 

Quizá el asunto no debería estar en discutir la legitimidad de la educación como un modo de subsistencia o incluso de generación de riqueza. El asunto es mucho más complicado que eso. La tragedia de la escuela privada tiene mucho más que ver con la visión de mundo y el nivel de compromiso social que se inculca a los pupilos en las aulas. Claro: no niego que si ese compromiso existiera y las acciones de la escuela hicieran eco de ello con congruencia, muchas escuelas estarían obligadas a reducir los márgenes de utilidad con los que operan.

Lo cierto es que una escuela para operar, como cualquier otra institución, necesita recursos. Eso lo saben no sólo los que administran colegios privados, sino también los directores de escuelas oficiales que con frecuencia se ven en la necesidad de obrar milagros para conseguir mantener en pie las instituciones a su cargo. No más cuotas, fue uno de los principales gritos de batalla del Partido Verde durante la campaña presidencial de 2012. Reclamo legítimo a una cuestión que es inadmisible a la luz del artículo 3º constitucional, pero comprensible ante la triste realidad de las escuelas públicas del País.

De esta cuestión del dinero quisiera partir en una segunda entrega para explorar algunas ideas en torno a la calidad de la educación en ambos modelos —el público y el privado— y finalmente tratar de llamar a la urgente necesidad de vincularlos y hacerlos corresponsables.