jueves, 12 de septiembre de 2013

Reformar la Educación (I)

Lo que más me duele de las diversas reformas "estructurales" que se han venido anunciando y discutiendo en los meses recientes, es la división social que están consiguiendo. Como si el tejido social de nuestro País no estuviese suficientemente lastimado, el modo en que se están presentando los debates de ciertos temas han venido acentuando una dolorosa división de clases. Los pobres, los ricos y los clase media que no terminan de entender si están a un paso de unirse a los de abajo o de acceder finalmente al terruño de los de arriba.

La peculiar combinación de una reforma educativa que tiene en las calles a tantos manifestantes, con una reforma hacendaria que lastima intereses —y bolsillos— de una parte importante de la clase media, ha sacado a relucir un inusual debate público en torno a la escuela oficial y la educación que está en manos de los particulares. Para tristeza de muchos —entre los que me cuento— el debate no está enfocándose precisamente a cómo hacerlas mejores a ambas, sino que ha desatado cuestionamientos y reclamos mutuos, desde perspectivas las más de las veces egoístas, poco solidarias.

En estas líneas intento aprovechar que el debate se ha colado en la escena para reflexionar sobre la problemática de la educación en sus conjunto, admitiendo que mi experiencia profesional —y de vida— me permite hablar quizá con mayor conocimiento de causa de la escuela privada, aunque la pública en modo alguno me es ajena. Las ideas son muchas y trataré de exponerlas en dos partes.

En esta primera entrega, exploro primero el contexto general donde ubico el problema e intento después un acercamiento inicial al asunto del dinero.


Un problema de números

Reducir el problema de la educación a unos cuantos números es peligroso. Como en cualquier otro ámbito, el uso de indicadores para explicar la realidad o la complejidad de un problema, es siempre arriesgado y nos deja ante la posibilidad de decir lo que queramos. Según se mire, un indicador puede ayudar a una persona a defender cierta decisión mientras el mismo dato en manos de su oponente se traduciría exactamente en lo contrario.

Pese a ello, podemos admitir que con un poco de esfuerzo y apertura mental, uno puede lograr interpretaciones más legítimas que otras. Eso he intentado hacer desde el domingo que se publicó el Paquete Económico 2014: entender con base en los números presentados por el gobierno, cómo se pueden justificar ciertas propuestas. Leamos el siguiente ejemplo, del apartado donde se explica la decisión de gravar con IVA los servicios de enseñanza:

Para avanzar en el objetivo de que la incidencia del pago de impuestos se concentre en los hogares de mayores ingresos, se propone a esa Soberanía eliminar la exención en el IVA a los servicios de educación. Esta medida se plantea considerando que el 39% del gasto corriente monetario en educación de los hogares se concentra en el 10% de los hogares de mayores ingresos, mientras que sólo 1.5% corresponde al 10% de los hogares de menores ingresos.

Con esta medida se amplía la base del IVA, ya que actualmente la prestación de estos servicios está exenta y se logra mejorar la progresividad del sistema impositivo, así como contar con mayores recursos para programas de gasto público directo en favor de la población de menores ingresos.
Al final me he dado por vencido en varios casos, pues resulta evidente que los datos propuestos —al menos en el par de temas que personal y profesionalmente más me interesaban— son parciales y bastante confusos.

De acuerdo con las estadísticas de la Secretaría de Educación Pública y del INEGI, si  medimos por número de alumnos atendidos, la educación de sostenimiento privado representa alrededor de un 12 por ciento del total del país, considerando todos los niveles (básica, media superior, superior). Si centramos la mirada en educación básica (preescolar, primaria y secundaria) el porcentaje disminuye ligeramente, para rondar el 10 por ciento.

La proporción, sin embargo, no es consistente en todo el país. En el Distrito Federal, por ejemplo, se concentra un mayor número de escuelas particulares, a grado tal que éstas atienden a poco más del 20 por ciento de los alumnos de nivel Primaria. Por el contrario, en entidades como Oaxaca y Chiapas, la educación privada representa cuando mucho un 2 por ciento. 

Hablando de números, resulta interesante explorar el costo de la educación privada en el País. A lo largo y ancho del territorio nacional, es amplísima la gama de colegiaturas que cobran las instituciones, desde el Preescolar hasta el nivel de Posgrado. Uno puede pagar un programa completo de doctorado a menor costo que un par de meses de colegiatura de Primaria en ciertos colegios de la Ciudad de México.

Lamentablemente no tengo a la mano fuentes que me permitan afirmar con certeza cuál es el costo promedio de una colegiatura de Primaria o Secundaria en una escuela privada, pero lo cierto es que la media no es el mejor indicador para estos casos, siendo que en la Sierra Tarahumara operan escuelas sostenidas con recursos privados que cobran cuotas casi simbólicas a sus alumnos, mientras que algunos pagan por un ciclo escolar de preescolar más de lo que ciertos chicos pagarán por toda su educación universitaria. 

Así pues, parece claro que hablar de "las escuelas particulares" de México, como si se tratase de un conjunto relativamente homogéneo, resulta poco sensato, por no decir absurdo o ridículo.


"Vamos a poner una escuela"

No sé cuántas veces he escuchado esa propuesta de boca de familiares, amigos y desconocidos, pues hace tiempo que dejé de llevar la cuenta. Prácticamente todos los que me lo han sugerido o insinuado, se apoyan en una premisa que consideran inapelable: una escuela es muy buen negocio.

Negar que muchas escuelas son negocio —y algunas un negocio muy bueno—, sería mentir. Como también sería falso decir que todas nacen con un fin de lucro y todas buscan enriquecer a sus fundadores. También sería injusto negar que muchas de esas escuelas están aportando algo a la sociedad, supliendo en muchos casos una obligación que el Estado solo no es hoy capaz de cumplir.

Poner una escuela, como sugieren muchos, puede entonces ser buen negocio, pero está lejos de ser el más fácil. Si de hacer dinero se trata, muchos predios que hoy ocupan escuelas, serían más redituables para sus dueños si pusieran un estacionamiento o una plaza comercial. 

Quizá el asunto no debería estar en discutir la legitimidad de la educación como un modo de subsistencia o incluso de generación de riqueza. El asunto es mucho más complicado que eso. La tragedia de la escuela privada tiene mucho más que ver con la visión de mundo y el nivel de compromiso social que se inculca a los pupilos en las aulas. Claro: no niego que si ese compromiso existiera y las acciones de la escuela hicieran eco de ello con congruencia, muchas escuelas estarían obligadas a reducir los márgenes de utilidad con los que operan.

Lo cierto es que una escuela para operar, como cualquier otra institución, necesita recursos. Eso lo saben no sólo los que administran colegios privados, sino también los directores de escuelas oficiales que con frecuencia se ven en la necesidad de obrar milagros para conseguir mantener en pie las instituciones a su cargo. No más cuotas, fue uno de los principales gritos de batalla del Partido Verde durante la campaña presidencial de 2012. Reclamo legítimo a una cuestión que es inadmisible a la luz del artículo 3º constitucional, pero comprensible ante la triste realidad de las escuelas públicas del País.

De esta cuestión del dinero quisiera partir en una segunda entrega para explorar algunas ideas en torno a la calidad de la educación en ambos modelos —el público y el privado— y finalmente tratar de llamar a la urgente necesidad de vincularlos y hacerlos corresponsables.  

martes, 16 de abril de 2013

¿Que un examen (o la escuela) decida tu destino?

En unos cuantos minutos, las voces detrás de la voz de este chico sintetizan bien una dimensión del problema educativo que enfrentamos hoy. Cada vez circulan con más intensidad estas ideas que rechazan la escuela pero se declaran en favor de la educación. Ya varios filósofos han explorado la cuestión, con poco éxito en el escenario global, pero sembrando interrogantes en algunos educadores. Escuela y exámenes ciertamente dominan hoy parte del discurso en una antinomia que pocos parecen identificar, pues promueven el desarrollo del individuo a partir de una estandarización poco racional. No digo que comparta por completo lo que se afirma en este video, pero reconozco que se suma a mis reflexiones y me obliga a cuestionar con mayor dureza lo que estamos haciendo hoy en las escuelas. ¿Se entiende porque con tanta frecuencia despierto convencido de la urgente necesidad de derribarlas?

jueves, 4 de abril de 2013

La educación está de moda

La expresión exige matices, sin duda. En cierta manera, en la agenda política de cualquier gobierno, el tema educativo ha sido, es y será sin duda uno de los favoritos. Reconocer el valor de la educación genera consensos en cualquier lado, al menos en principio. Naturalmente las diferencias se dan en la manera de enfrentar el tema, pero en términos generales, hablar de la necesidad de mejorar la educación, es inevitable y ayuda a ganar algunos aplausos. O, ¿acaso alguien podría salir a decir que la educación no es un tema importante o que no merece un lugar prioritario en la agenda pública?

Sin embargo, hoy la presencia del tema es peculiarmente destacada. La administración de Peña Nieto ha convertido a la educación en una de sus banderas fundamentales —aprovechando, por supuesto, el terreno que le prepararon durante varios meses algunos medios y grupos empresariales, fortaleciendo en la opinión pública las principales evidencias de nuestro fracaso educativo—. No pretendo en modo alguno insinuar que sea inmerecido el lugar que está dándose a la educación en este momento. Por el contrario, reconozco que esta coyuntura debería servirnos para pensar el tema en serio, y no permanecer pasivos ante lo que puede ser un momento determinante para el futuro próximo de nuestro sistema educativo.

Quizá por eso me enfurece la banalidad con la que se está tratando hoy el tema, a grado tal que la propaganda oficial celebre que a cien días de gobierno "ya has visto avances en educación". Lo más triste es que si el anuncio lo dice, millones lo creen. Mucha gente piensa que se ha dado ya una "reforma educativa" en México, cuando apenas hemos dado el paso de hacer algunas modificaciones al artículo tercero constitucional. Minucias de la semántica, dirán algunos, pero en esas minucias nos jugamos el futuro: no hemos comenzado a discutir con seriedad las reformas a las leyes secundarias, pero nos aseguran que las cosas ya han cambiado.

Acusar y detener a Elba Esther Gordillo, ¿es una señal de que el sistema educativo mexicano ha iniciado una transformación de fondo para mejorar? ¿Es una señal real de que el Gobierno Federal combatirá la corrupción hasta las últimas consecuencias? Para cualquiera que dedique una dosis extra de neuronas a reflexionar el asunto, es evidente que ninguna de las dos cosas se deriva de la celebrada detención. Cierto: se generan condiciones para realizar cambios. Lo que sigue es actuar en consecuencia.

Al día de hoy, no está claro por dónde se pretende aterrizar el nuevo mandato constitucional de la evaluación universal de maestros. En un discurso pletórico de lugares comunes, el Presidente de la República afirmó ayer en Veracruz, por enésima vez, que "llevaremos adelante la transformación educativa que exigen y merecen los mexicanos". Nuestro futuro, aseguró, "depende de lograr una educación de calidad para todos: que sea incluyente, integral, pertinente y relevante". ¿Alguien en su sano juicio lo duda? Y, sin embargo, ¿compartimos una visión nacional de lo que significa cada uno de esos adjetivos que damos a la "educación de calidad"?

La evaluación de maestros es a todas luces uno de los temas que ha desatado las reacciones más ruidosas. Y mientras líderes sindicales negocian —algunos por la buena, otros por la mala— las implicaciones de lo que se ha dado en llamar la "evaluación con consecuencias", poco se ha dicho sobre el problema de fondo: ¿cómo garantizar la formación adecuada de los docentes y asegurar la cobertura de la demanda? Es un problema de aritmética fundamental que, a mi juicio, no ha sido suficientemente discutido.

Pero, claro, ¿por qué perder tiempo escarbando hasta el fondo, cuando ofreciendo computadoras podremos "superar los retos" del país en materia de educación? La licitación publicada en marzo —con el expediente 358218— para comprar 240,000 computadoras portátiles que irían a dar a manos de niños de 5º y 6º de Primaria el próximo ciclo escolar, recoge una serie de fragmentos e ideas al más puro estilo copiar-y-pegar de los estudiantes universitarios, para justificar la brillante idea que, presumen muchos, ayudará al fin a reducir la brecha digital en el país. Claro, no se dice claramente que esta primera etapa beneficiará solo a estudiantes en Colima, Sonora y Tabasco; ya después habrá oportunidad de ir a los detalles, supongo.

No es mi intención descalificar a priori las iniciativas propuestas por las autoridades educativas, pero sí creo que disponemos de evidencias e información suficiente para emitir juicios al respecto. Durante cerca de tres lustros me he dedicado prácticamente por entero a la educación. Conozco muchas escuelas, tanto públicas como privadas, y he tenido oportunidad de conocer en forma directa la experiencia de decenas —quizá cientos— de maestras y maestros en diferentes entidades de la República, en el ámbito urbano y en entornos rurales, trabajando con niños ricos y con niños en condiciones de auténtica marginación. Como muchos de los que leen esto, he visto directamente las condiciones lamentables en que se encuentran muchas escuelas en el país y he sido testigo de la labor comprometida de sus docentes. Quizá por eso lo que veo y escucho en estos días sobre el tema me enfurece tanto.

¿Qué hacer? Dice Enrique Peña que cerca de cien mil mexicanos han aportado ideas en las consultas en línea y en los foros que se realizan para armar el Plan Nacional de Desarrollo. Como si el mentado Plan no estuviera ya listo. Es claro que el camino está trazado, aunque naturalmente existen imponderables que impiden saber cuál será el destino. En esos imponderables, imagino la posibilidad de la denuncia, de generar conciencia más allá de lo que dicten las políticas públicas. Como lo he dicho ante los docentes que he tenido el privilegio de tener como asistentes en algún curso o taller, las verdaderas reformas se construyen desde abajo, y en las aulas tenemos trincheras suficientes para intervenir y transformar. Necesitamos aliados en nuestras comunidades: lograr un contrapeso ante el discurso que pretende convencernos de una ficción que, lejos de mejorar las cosas, podría conducirnos a la ruina.

En mi trinchera más inmediata, tengo mucho trabajo por hacer. Pero nunca ha sido mi afán limitarme a ello. Por eso recupero este espacio, con la intención de generar diálogos, de provocar ideas, de aportar elementos para una valoración más equilibrada de lo que sucede en materia educativa... Con la intención de crear conciencia.

En esas andamos. Para las próximas entradas me propongo algunas reflexiones sobre la evaluación universal de los maestros y ahondar un poco en mi escepticismo ante la propuesta de abastecimiento de computadoras portátiles. No descarto, sin embargo, que otros temas se atraviesen en el camino. Entre tanto, procuraré compartir —como en el origen de este espacio—, reseñas de materiales que de pronto se ponen en mi camino.

viernes, 29 de marzo de 2013

DeFormación Docente: nueva temporada

Explorar mis dudas, poner a prueba mis pocas certezas, fueron algunos de los propósitos que hace poco más de cinco años me llevaron a iniciar DeFormación Docente. El nombre de esta plataforma obedece, naturalmente, a un juego de palabras: el espacio se proponía —se propone, todavía— sumar ideas a mi propio proceso de construcción como educador, admitiendo y aprovechando las deformaciones que han caracterizado mi trayectoria por el mundo de la pedagogía.

Con ese juego de ideas en mente, mantuve vivo este espacio durante varios meses. Sin embargo, cuando el tiempo destinado a la reflexión se redujo y las obligaciones laborales aumentaron, el ritmo de publicación se fue mermando y quedaron solo algunas expresiones esporádicas, circunstanciales. 

A pesar del abandono, con frecuencia construyo en mi deformado cerebro algunas ideas que me gustaría compartir con otros maestros. Así fue que hace un tiempo me animé a abrir una cuenta en Twitter para compartir ideas sin tener que comprometerme con la formalidad de una entrada. El experimento no logró cuajar del todo, pues tampoco encontré el tiempo suficiente para las ideas en 140 caracteres. Poco más de medio centenar de seguidores he conseguido articular en esa red, que a ratos intento recuperar.

En las últimas semanas han sido varios incidentes los que me han hecho planear el regreso de este blog; listo algunas: las visitas frecuentes de proveedores que llegan al colegio donde trabajo ofreciendo "nuevas soluciones" que "transformarán" nuestra manera de enseñar y la manera de aprender de los niños; el lanzamiento de una empresa que, echando la casa por la ventana, nos reunió a cientos de directores de escuelas en una presentación que resumen claramente la tragedia de nuestro sistema educativo y su enfermiza relación con el mundo editorial; la lectura de un par de libros que me ha llevado a reformularme ciertas ideas y reforzar otras tantas; la experiencia de vivir procesos educativos poco ordinarios en lo que he llamado el refugio ecológico de mi madre, donde hemos celebrado la vida en oposición a los múltiples procesos destructivos en los que este mundo vive inmerso; la patética difusión de spots en los que el gobierno mexicano celebra que nuestro sistema educativo ha cambiado casi por arte de magia, con la promulgación de una reforma educativa que aún está lejos de dar sus primeros frutos... 

En fin, temas sobran. Y lo que no he encontrado es tiempo para pensar en voz alta, como me gusta hacerlo. Pensar en voz alta para contrastar, para encontrar eco pero también para someter a duda lo que pienso. Para generar diálogos.

Esta semana una colega —docente comprometida a la que tuve el gusto de conocer hace un par de años a través de Twitter— incluyó en su blog una referencia a DeFormación Docente, nominándole al Liebster Award 11, uno de esos premios que las comunidades blogueras inventan de pronto formando cadenas que ayudan a la difusión de blogs que no han conseguido un gran alcance, pero que por alguna razón se consideran merecedores de alguna atención. A decir de Sandra, este blog merecería ser contemplado en los radares de algunos de ustedes. No sé si su apreciación sea justa, pero sí sé que su inclusión me ha llevado a plantearme una vez más —quizá ahora más en serio que otras— la necesidad de recuperar este blog. En atención a ello, declaro este receso de primavera el momento perfecto para el resurgimiento, con mayor consistencia, de DeFormación Docente. 

Bienvenida y bienvenido aquel que quiera acompañarme.

viernes, 1 de febrero de 2013

Roger Schank en el Encuentro Internacional de Educación - México

Bajo el auspicio de Fundación Telefónica, se realiza el Encuentro Internacional de Educación. El capítulo mexicano arrancó con la conferencia magistral de Roger Schank hablando de por qué debería cambiar la enseñanza, si el aprendizaje no ha cambiado tanto. Me parece un enfoque muy atendible.

Para ver la conferencia de Schank, puede uno ir directamente al minuto 00:32:00, ya que lo anterior son los mensajes de bienvenida de los organizadores. La conferencia va del 00:32:00 al 01:36:00 y de ahí al 02:00:00 está la sesión de preguntas y respuestas, también recomendable.

Video streaming by Ustream

sábado, 12 de enero de 2013

DeFormación Docente en Ustream

Poco a poco sigo explorando nuevos territorios digitales. Uno de mis viejos pendientes era el tema de la  transmisión de video en vivo. La celebración de la XVII Conferencia Taller Internacional de Filosofía para Niños, organizado por el Centro Latinoamericano de Filosofía para Niños, en Chiapas, sirvió de escenario para mi primera intervención en ese ámbito. Unos días antes abrí mi cuenta en Ustream y me puse a hacer mis primeros experimentos, sin saber si en la sede de San Cristóbal de las Casas tendría la infraestructura de red necesaria para la transmisión.

El viernes 4, después de la ponencia inaugural de la Dra. Tere de la Garza, me tocó presentar el trabajo que había enviado para el encuentro. Puse el iPad a transmitir y conseguí hacerlo por casi una hora, hasta que la señal de red falló. Ya no pude recuperar la transmisión, por lo que solo quedó registrado cerca del 90% de mi presentación. Lo que se perdió por completo fueron los 20 o 30 minutos de conversación que tuvimos los asistentes a partir de mi presentación.

En los días siguientes asistí a otras ponencias y pude registrar algunas de ellas. Tuve que cortar mi participación en el encuentro a la mitad del mismo, pues las obligaciones laborales me impedían estar más tiempo en el mágico San Cristóbal. Así, además de mis notas, quedan para la memoria los registros en este nuevo canal de DeFormación Docente en Ustream. Los interesados, son bienvenidos a visitar el material que quedó registrado, así como estar pendientes de futuras transmisiones.

Por lo pronto, durante los próximos días espero dedicar una reflexión a cada ponencia a la que asistí, y compartir aquí mismo el material que corresponda a cada una de ellas.



sábado, 15 de diciembre de 2012

¿Qué nos queda?

"No queda espacio para pensarnos la educación en los términos que nos la hemos pensado, en los términos en los que la estamos explorando la mayoría. ¿Qué queda? A bote pronto se me ocurren dos salidas: esperar la catástrofe (que al menos algunos intuimos) o adelantarse y poner patas arriba lo que tenemos y estamos construyendo hoy. La conciencia de nuestra finitud puede hacer perfectamente viables las dos: postergar el fin, dejar que suceda a los que vienen; o esforzarse y encontrar en ello una alegría. Optar por una u otra es, creo, algo casi constitutivo de cada persona. Los que tendemos a lo segundo, no cejaremos en transmitir la idea de que el esfuerzo merece la pena. Lo que necesitamos en todo caso es pensarnos bien un ideal que lo legitime. EPC"
Apunte registrado en abril de 2008.

El apunte es mío. Lo encontré hace un rato mientras buscaba ideas para argumentar una ponencia que estoy preparando para presentar en enero. Leo lo que escribí en aquella primavera catalana y descubro muchas cosas. Descubro que pese a la contundencia de una realidad que no me gustaba, me ubicaba entre los que están dispuestos a esforzarse por hacer algo diferente. ¡Qué contraste con el derrotismo que me invade en días más recientes! Quizá sea el otoño. La caída de las hojas. Viene el invierno y éste siempre me ha parecido una buena oportunidad para renacer.

viernes, 14 de diciembre de 2012

¿Por qué no me gusta la "Reforma Educativa"?

Algo debo agradecerle a la estrategia política con que arranca Enrique Peña Nieto su sexenio: colocar la educación en un lugar privilegiado dentro de la agenda pública. Puede parecer poca cosa, pues es verdad que el tema lleva presente en el imaginario colectivo muchos años. Quizá por eso no comparto el entusiasmo de muchos que en la comentocracia aplauden la iniciativa de reforma, como si en verdad estuviéramos a la puerta de una revolución regeneradora en la materia.
Reconozco que la iniciativa tiene el mérito de ir en una dirección que parece correcta en la relación con los trabajadores de la educación y con la necesidad de contar con organismos autónomos que ayuden a aproximarnos a una imagen más cercana a la realidad que vive nuestro sistema educativo. Sin embargo —sí, siempre tengo un sin embargo— me inquieta la manera en que esa iniciativa se formula y no comparto las razones que en el fondo la sustentan. ¿Diríamos entonces que no me gusta? Sí: no me gusta la llamada “reforma educativa”. 
Lamentablemente, el maniqueísmo dominante conducirá a que las palabras anteriores basten para que se me considere defensor del “poder fáctico” del Sindicato o “izquierdoso” que está en contra de todo. Ni lo uno, ni lo otro. Si el lector me da oportunidad, en las siguientes líneas intentaré describir por qué me parece equivocado lanzar campanas al vuelo en la materia.

La educación es una prioridad indiscutible para México. No lo digo yo: parecen decirlo todos cuando en prácticamente cualquier círculo se reconoce que no existe solución a nuestros problemas que no pase por la educación. Claro: qué entendemos por educación es ya un asunto para discutirse, pues hay quien piensa en valores familiares, quien tiene la mira en contenidos curriculares y quien centra su atención en eso que ahora llaman “educación para la vida”, aunque algunos la vemos más cerca de ser “educación para el trabajo productivo” —y, claro, muchos me dirán que la vida es justamente eso: trabajo productivo; cada quién—. 
Siendo la educación un tema que produce consenso en casi todos los círculos —aunque por diversas razones—, resulta indiscutible el acierto político en la estrategia de comunicación de un gobierno que aspira a legitimarse en medio de una sociedad dividida. Difícil ignorar además que el terreno para una iniciativa en este sentido venía preparándose con bastante tiempo y con apoyo de ciertos sectores. ¿Que los mexicanos estamos conformes con la educación que recibimos? ¡Cómo va a ser eso! Para que no haya dudas, ya vino un presentador de noticias que a veces se viste de periodista, se puso la gorra de experto en materia educativa y nos demostró que nuestro sistema educativo pasa solo de panzazo. Bien, ahora sí, todo listo: tenemos la reforma que necesitábamos: por fin armar un sistema que premie el esfuerzo y la calidad de los maestros, que acabe con los privilegios, que nos permita saber cuántos maestros hay en México... ¿De verdad?
He leído puntualmente el documento que presentó Peña a la Cámara de Diputados y el documento del Pacto firmado con los líderes de los Partidos Políticos. Este último contiene siete compromisos particulares en materia educativa y dos más que se relacionan con este ámbito aunque aparecen cada uno en otros dos apartados del documento: uno en Cultura y otro más en Derechos Humanos. La iniciativa de reforma se centra en dos de estos nueve compromisos: primero, el Sistema de Información y Gestión Educativa y, segundo, la autonomía del Instituto Nacional de Evaluación. 
La propuesta del gobierno de Peña parte de un diagnóstico bastante llevado y traído —muy “consensado”, para ser políticamente más correcto—, y termina proponiendo puntuales reformas al artículo 3º de la Carta Magna. Uno de ellos se refiere a la fracción tercera, que contendría el siguiente texto:
“Adicionalmente el ingreso al servicio docente y la promoción a cargos con funciones de dirección o de supervisión en la educación básica y media superior que imparta el Estado, se llevarán a cabo mediante concursos de oposición que garanticen la idoneidad de los conocimientos y capacidades que correspondan. La ley reglamentaria de este artículo fijará los términos para el ingreso, la promoción, el reconocimiento y la permanencia en el servicio. Serán nulos todos los ingresos y promociones que no sean otorgados conforme a la ley;
Para lograr que esto se materialice, el artículo quinto transitorio del decreto propuesto manda en su fracción primera:
“La creación de un Sistema de Información y Gestión Educativa. Al efecto, durante el año 2013 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía realizará un censo de escuelas, maestros y alumnos, que permita a la autoridad tener en una sola plataforma los datos necesarios para la operación del sistema educativo y que, a su vez, permita una comunicación directa entre los directores de escuela y las autoridades educativas”
Posiblemente diga una tontería, pero me arriesgo: ¿ignoramos realmente cuántos maestros hay en el país? ¿O ignoramos cuántos “trabajadores de la educación” están adscritos al Sindicato y tienen asignadas tareas en las escuelas públicas? Insisto, quizá la distinción que plateo sea irrelevante, pero es algo que me cuestiono hace tiempo. Existen en todo el país sistemas que registran la información relacionada con los alumnos: sus datos personales, el grado que cursan, sus calificaciones. Ese mismo sistema que las escuelas alimentan cada año, exige el registro de los maestros asignados a cada grupo (en Preescolar y Primaria) y a cada asignatura (en Secundaria). ¿No arroja ese sistema un número? Claro, entiendo bien que los “maestros” que falta contar son todos esos otros asignados a “comisiones” y que desempeñan otro tipo de actividades, cobrando como maestros. Es ahí donde, naturalmente, el censo que necesitaríamos, no cuadra.
No quiero ser pesimista, pero una de mis dudas es si el Sistema de Información y Gestión Educativa propuesto en la iniciativa, logrará arrojar los datos que necesitamos. Mi temor es que el Sistema termine contando solo parte de la historia y que esos “trabajadores de la educación” resulten inmunes al censo. Y confieso que mi temor se refuerza cuando leo —en un amplísimo documento dado a conocer esta semana— la simpatía con que el Sindicato recibió la propuesta.
Al margen de mi suspicacia, admito que la propuesta, al menos en esta dimensión, enciende una luz en medio de la penumbra que rodea a la educación en este País. Resumiría diciendo que dudo de lo propuesto por la manera en que se formula. Me parece más una manera de buscar los aplausos de ciertos círculos, mandar señales para la comentocracia, que pronto se ha encargado de aplaudir y alabar al titular del ejecutivo, posicionando —como dicen los mercadólogos— cierta imagen del nuevo gobierno de cada a la innegable crisis educativa que padecemos.
Quizá lo que más me molesta de toda esta “reforma educativa” es justamente que la llamen así. Es, en todo caso, una reforma a ciertas estructuras sobre las cuales se organiza el sistema escolarizado. Pero no alcanzo a ver mucho más. Claro, se definen también ciertas líneas para afinar los motores en dirección a egresar mano de obra más calificada, en todos los niveles: el mundo demanda de México otro tipo de formación si queremos producir la riqueza que se espera de nosotros.
En mi lectura de la reforma y el Pacto he buscando qué tipo de educación buscan estos movimientos. No dicen mucho al respecto, pero sí señalan que el principal reto es claro: “elevar la calidad de la educación de los mexicanos para prepararlos mejor como ciudadanos y como personas productivas”. La palabrita calidad me produce habitualmente dolor de cabeza hablando de educación. ¿Qué entendemos por educación y cómo medir su calidad? Para el Gobierno Federal quizá no esté claro un concepto de lo primero, pero sí cómo evaluar lo segundo: el aumento de calidad debe reflejarse “en mejores resultados en las evaluaciones internacionales como PISA”. Es decir, en la prueba PISA y... ¿en cuál otra? ¿Qué significa tener a la OCDE como referente absoluto de calidad educativa?
Me preocupa —y me preocupa en serio— que hoy decir cualquier cosa que cuestione los sistemas de evaluación estandarizada —sea internacionales, como PISA, o nacionales, como ENLACE— sea considerado señal de poco compromiso con la educación. Yo mismo he tenido que enfrentar con frecuencia severos señalamientos cada vez que he cuestionado el sentido de tales pruebas: rehuir de ellas es no querer enfrentarse a la evaluación, no estar dispuesto a rendir cuentas. ¿De verdad pueden sostenerse semejantes juicios con argumentos pedagógicos? ¿No sucede más bien lo contrario?

Celebro que estemos a las puertas de una reforma para que las plazas de maestros puedan quedar realmente en manos de quienes las merecen. Celebro que se cuente con organismos especializados en la materia. Me inquieta lo que sostiene estas reformas. Me inquieta que las nuevas estructuras solo sirvan para fortalecer un sistema educativo interesado en egresar personas productivas. Me inquieta que señalar solo pueda leerse como signo de resistencia al cambio o la transparencia: que cuestionar una reforma así signifique estar en contra de una mejor educación para todos.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Esperando al Secretario Maestro

La especulación es una de las artes más difundidas en nuestros días. No es entonces extraño que tal arte se practique con especial ahínco en sociedades donde la incertidumbre es cosa de todos los días. Así, a unas horas de que entre en funciones el relevo del Poder Ejecutivo en México, los tableros de las apuestas se centran en especular sobre los futuros Secretarios de Estado.

Mientras escribo estas líneas, faltan menos de 24 horas para conocer a quien encabezará la cartera de Educación en los próximos (¿seis?) años. En las columnas políticas y en los debates de la comentocracia suenan nombres muy diversos: Emilio Chuayffet, José Natividad González, Rafael Tovar y de Teresa, Aurelio Nuño Mayer... Hay incluso quienes ven ahí a Rosario Robles.

Lo cierto es que llegue quien llegue, es poco probable que el próximo titular de la Secretaría de Educación Pública sea el humanista educador que tantos anhelan desde hace tiempo. Cada vez que se nombra a un ministro en esta materia, surgen de todos los rincones reclamos de que no se nombre a un experto en educación. Basta sin embargo un vistazo a la lista de quienes han ocupado esa posición desde la creación de la Secretaría de Instrucción Pública, en tiempos de Don Porfirio, para darse cuenta que rara vez hemos tenido un Secretario Maestro o un Secretario Educador.

Por supuesto: tres nombres célebres se citan cada vez que uno necesita descalificar al nuevo secretario en turno: Justo Sierra (nombrado por Díaz en la entonces nueva dependencia), José Vasconcelos (quien ocupara el cargo en tiempos de Obregón) y Torres Bodet (pionero de la alfabetización en nuestro País durante los gobiernos de Ávila Camacho y López Mateos). También es bien valorado el paso de Jesús Reyes Heroles (bajo la sombría presidencia de Miguel de la Madrid). Estos nombres, respaldados sin duda por méritos propios y por sólidas aportaciones a la educación de los mexicanos, imponen siempre una sombra a los políticos y tecnócratas que han desfilado por la fundamental dependencia.

En sentido estricto, si bien ejercieron la docencia, ni siquiera estos célebres personajes tenían en sentido estricto formación docente. Acaso lo más cercano a un Secretario Maestro sea el caso del profesor Moisés Sáenz, quien tuviera un efímero paso por el despacho como "Secretario encargado" en 1928. Sáenz era normalista y su aportación al Sistema Educativo Mexicano no es menor: a él debemos en buena medida la introducción de lo que hoy conocemos como Educación Secundaria (entonces Segunda Enseñanza), además de un significativo impulso a programas indigenistas.

Nada nuevo digo afirmando que el problema educativo en México es grave y merece intervención urgente. ¿Qué perfil debe tener quien encabece semejante esfuerzo? Sin duda se agradecería alguien con experiencia probada en el ámbito educativo. Pero es evidente que tal cosa no es suficiente. Y quizá ni siquiera sea necesaria. Nos guste o no, transformar las estructuras putrefactas que sostienen nuestro sistema educativo, exige en primer lugar gestión política, negociación, mano firme, claridad de miras.  Pienso en los maestros que considero ideales para las aulas hoy en nuestro complejo contexto: maestros que, con o sin formación docente, son capaces de recuperar lo mejor de la "vieja escuela" a la vez que se mantienen abiertos a la innovación y son sensibles a las necesidades de un futuro que se nos hizo presente sin que estuviéramos suficientemente alertas. Un maestro así me gustaría ver en la Secretaría de Educación Pública, sin importar en qué campo esté titulado.

Adenda. No mencioné el caso de un normalista que encabezó la SEP: José Ángel Pescador fue brevemente secretario de Salinas, sustituyendo a Zedillo cuando éste dejó el cargo en 1994 para ir a la campaña presidencial.

martes, 27 de noviembre de 2012

El rol del docente y el uso de la tecnología


Es frecuente escuchar en diferentes ámbitos, voces denunciando que al docente se le exigen demasiadas cosas. Si bien puede haber algo de cierto, también tengo la impresión de que la docencia es algo que se resiste con mucha frecuencia a la innovación. Al ser la Escuela una de las instituciones encargadas de transmitir la cultura y valores de una sociedad, parece que el afán de perpetuar ciertas cosas nos lleva a resistirnos a muchos cambios. Sonará a lugar común, pero tengo la impresión de que mientras el mundo cambia —y con cualquier actividad o profesión— la docencia con frecuencia insiste en la resistencia.

En la sociedad del conocimiento, creo que el rol del docente debería ser muy distinto al de la sociedad industrial; pienso que el docente debe ser hoy un generador de contenidos, un generador de materiales, un diseñador de experiencias. Para ello, necesita seguramente el soporte de dispositivos y herramientas tecnológicas a través de las cuales  contribuir a la construcción de aprendizaje de los alumnos.

Lamentablemente, me parece común que se vea esa idea como una carga más de trabajo, lo cual se traduce en resistencia a ser  nosotros los generadores de las experiencias que habrán de ayudar a formar a los alumnos. Existen hoy tantas propuestas que nos ofrecen planeaciones anuales, semanales y diarias pre-cargadas en cuadernillos, tabletas y sitios web, que se supone no deberíamos preocuparnos más que por administrar esos contenidos. ¿Es ese el gran cambio de rol del docente?

Con frecuencia escucho que se dice que los maestros se resisten a aceptar cambios tecnológicos. A algunos quizá sí les sucede, pero hoy yo veo más bien lo contrario: nos gusta usar la tecnología, pero solo como administradores de contenidos, no como generadores de los mismos. 

En pocas líneas quizá estoy soltando quizá demasiadas ideas. Mi intención es invitarles a compartir ideas sobre esta evolución de nuestro rol. ¿Qué tan importante es esto de usar tecnologías? ¿Qué implica hoy generar experiencias de aprendizaje? ¿Cómo convencernos de la necesidad de comprometernos más con ese diseño y no ser solo reproductores de lo que diseñan otros para nosotros? ¿Qué implica para un equipo docente ser generador de contenidos y no solo gestor o administrador de un programa? Dejo las ideas aquí por si alguno quiere sumar reflexiones y propuestas al respecto.

Nota: Este texto surge a partir de una comunidad de indagación docente en el colegio donde trabajo. Me pareció pertinente compartirlo aquí y con los amigos de SMCMX-Educación, como un intento de ampliar la comunidad de reflexión al respecto.